DYLE Nº 31

Palabras prisioneras: quince años de narrativa pedagógica en la cárcel de Tenerife
Andrés González Novoa
Universidad de La Laguna
Pedro Perera Méndez
María Daniela Martín Hurtado
Universidad de La Laguna
En el Centro Penitenciario de Tenerife, la palabra ha aprendido durante más de una década a escurrirse entre las grietas. Primero fue conversación; luego lectura, escritura, radio, escenario, imagen y libro. Lo que nació como una experiencia educativa situada tomó el mar, viajó por Europa y regresó convertida en una cartografía pedagógica: la Narrativa Autobiográfica Estratégica y el método ELCEN. Esta es el cuento de una Odisea. Pero, sobre todo, es la historia de quienes, privados de libertad, se atrevieron a recuperar la primera persona del plural.
El tiempo que nos condena
«El tiempo es lo único que pasa y no vuelve. Quien te da un tesoro, quien te dedica tiempo, te está dando lo mejor de lo más caro y valioso que tenemos y manejamos en nuestras existencias.»
En una prisión, el tiempo no solo pasa, se calcula, se cuenta y se descuenta. Hay horas para levantarse, comer, regresar al módulo, telefonear o recibir una visita; hay una fecha que la sentencia prescribe y otras fechas que la incertidumbre borra. Sin embargo, existe un tiempo que no cabe en los calendarios penitenciarios: el de lo vivido cuando encuentra a alguien dispuesto a escucharlo; el de la memoria cuando deja de ser lastre y se convierte en materia de pensamiento; el de lo que todavía puede comenzar cuando una persona vuelve a pronunciarse en primera persona… del plural.
La trayectoria de Palabras Prisioneras se remonta a 2013. Entonces, el análisis de las necesidades educativas del Centro Penitenciario de Tenerife señaló la conveniencia de consolidar un programa socioeducativo estable. La primera respuesta fue una formación en dinamización sociocultural. Pero detrás de las actividades fueron apareciendo relatos familiares, ausencias, decisiones, heridas, canciones y recuerdos. Lo biográfico reclamaba un lugar que el ocio educativo, por sí solo, no podía hospedar.
Comprendimos que no bastaba con llenar el tiempo: había que devolverle la dignidad. Tampoco era suficiente introducir la cultura en la prisión; era necesario reconocer a las personas privadas de libertad como creadoras. Las historias de vida, la literatura y la narración oral comenzaron así a desplazar el centro de gravedad del proyecto. Entre 2015 y 2016, la colaboración con el Festival Internacional del Cuento de Los Silos convirtió aquella intuición en una senda por explorar. Los cuentos entraron en la cárcel y las palabras escritas dentro comenzaron a salir de ella.
La tradición oral ofrecía un territorio excepcionalmente democrático. No pedía titulaciones ni una competencia literaria previa. Bastaba estar vivo y tener memoria. Cualquiera podía escuchar; cualquiera podía descubrir en una historia ajena una palabra para comprender la propia. En torno a esa convicción fueron encontrándose el Centro Penitenciario de Tenerife, el CEPA Farola de Santa Cruz, el Festival de Los Silos, el Aula Cultural de Narración Oral y el grupo PEDACRI de la Universidad de La Laguna. No constituyeron únicamente una suma de instituciones. Formaron una comunidad de palabras.
Palabras Prisioneras nunca aspiró a fabricar biografías ejemplares ni a reemplazar el expediente desfavorable por un relato heroico. La pedagogía no pregunta primero por la intimidad del mal; tampoco convierte el taller en una antesala del arrepentimiento. Su tarea consiste en abrir un espacio donde una vida pueda comparecer con toda su contradicción y extrañeza, más allá de la clasificación que la precede.
«Se tumbó en la cama y apagó la luz, y por primera vez en su vida mañana no tenía nada que hacer. Entonces se encontró con el tiempo y se abrazó a él, porque nadie puede robarte el tiempo»
La prisión habla en tercera persona. El expediente describe, la burocracia clasifica, los saberes profesionales interpretan. Esa lectura cumple funciones necesarias, pero resulta insuficiente para la educación. Educar demanda abrir una grieta en el lenguaje que fija y permitir que el sujeto pase de ser narrado a narrarse; que deje de ser un expediente, un diagnóstico o una conducta y pueda aparecer como estudiante, creador, interlocutor y autor.
En 2016, la radio Palabras Prisioneras amplió el círculo. Relatos, canciones, entrevistas, lecturas y conversaciones comenzaron a circular por el centro. La radio no solo difundía contenidos: modificaba la posición de quien hablaba. La persona acostumbrada a responder preguntas institucionales comenzaba a dirigirse a una audiencia, a elegir sus palabras y a asumir la responsabilidad de aquello que deseaba compartir. Después llegaron los escenarios, las revistas, las narraciones públicas y las primeras creaciones audiovisuales. Cada salida de la palabra alteraba simbólicamente el plano de la prisión. Los cuerpos seguían dentro; las historias empezaban a habitar fuera.
La pandemia hizo visible esa necesidad. Al encierro penitenciario se añadió el confinamiento general: se suspendieron las visitas, los talleres y todo contacto con el exterior. Surgieron entonces Sonrisas Prisioneras, las emisiones radiofónicas, las píldoras audiovisuales y el audiolibro intergeneracional Voces Confinadas. Cuando las puertas se cerraron con doble intensidad, la narración ensayó nuevos modos de atravesarlas.
Las palabras producidas en el taller no se limitaban a revelar una interioridad herida. También interpretaban el mundo desde un lugar que rara vez interviene en el debate público: «A la mayoría de los pobres nos agobian los síntomas que no aparecen en el diagnóstico de los ricos». La frase no reclama compasión, lee la pobreza, la enfermedad y la desigualdad desde dentro. Y recuerda que quienes habitan el bosque saben de él algo irreductible a los mapas trazados desde fuera.
La palabra viajera
«Vuelve a surcar la mar, goleta mía, con velas rasgadas y amarras rotas, pues será mi postrera travesía, singladura abisal de infierno en popa.»
Nacido en una ínsula, Palabras Prisioneras encontró en el viaje una manera de comprenderse. En 2020 comenzó el proyecto Erasmus+ The Chrysalis and the Butterfly: Autobiographical Paths of Penitentiary Pedagogy, que reunió organizaciones de Italia, España, Portugal, Francia, Croacia, Eslovenia y los Países Bajos. La experiencia tinerfeña dejó de ser una práctica local y entró en conversación con otras prisiones, asociaciones, universidades, artistas y centros de educación de personas adultas.
La metáfora de la crisálida y la mariposa podía ser engañosa si se entendía como promesa de metamorfosis inmediata. Ningún método convierte una biografía quebrada en una historia feliz. La mariposa expresa algo más frágil y auténtico: la recuperación del movimiento allí donde la identidad había quedado detenida; la apertura de un porvenir que no estuviera prefigurado por el presente carcelario. El proyecto respondió, además, al aislamiento de quienes educan en prisión. Muchas experiencias culturales nacen, crecen y desaparecen dentro de las instituciones sin llegar a encontrarse entre sí. Conectar siete países permitió compartir dificultades, lenguajes y formas diversas de recurrir a la escritura, el teatro, la fotografía, la radio, la música o la narración oral.
«El tiempo es una balsa, los folios un aliado en mis guerras, y el silencio un amigo.»
La metodología no viajó como un protocolo terminado. Cada contexto la tradujo, la discutió y la modificó. Las legislaciones, las culturas penitenciarias y las posibilidades artísticas eran distintas. Transferir no significó repetir, significó proteger un núcleo ético —la autoría de la persona sobre su experiencia, la voluntariedad, la escucha sin juicio y la circulación consentida de la palabra— mientras las formas se dejaban transformar por cada comunidad. De ese diálogo nació el manual Autobiographical Paths of Penitentiary Pedagogy. Más que un recetario, fue una cartografía de sendas posibles: escritura, narración oral, radio, teatro, fotografía, creación audiovisual y dramaturgia colectiva. Todas partían de un hilo común y avanzaban en una misma dirección: de la experiencia fragmentada hacia la palabra compartida; del relato interior al diálogo con la comunidad.
Algunas sendas habían comenzado en Tenerife. Cuentos e inclusión se alimentaba de los temas del Festival de Los Silos —el amor, la sonrisa, las migraciones— para escuchar recuerdos, leer historias, conversar y transformar la memoria en relato oral. Sonrisas Prisioneras convirtió textos autobiográficos en piezas audiovisuales capaces de alcanzar a familias y ciudadanía. Ficciones Sonoras desplazó el yo hacia la escritura colectiva de guiones: ya no bastaba interpretar una historia; había que discutir qué decisiones tomaban los personajes, qué circunstancias las hacían posibles y qué otros desenlaces podían imaginarse.
La narrativa autobiográfica no encierra al sujeto dentro de sí mismo. Abre el yo a la historia, a las condiciones sociales y a la responsabilidad compartida. De ese modo, la reinserción deja de ser un itinerario unilateral que la persona condenada debe recorrer en soledad. También compromete a la comunidad que deberá recibirla y revisar las condiciones que producen exclusión.
«Queda ya solo esperar que nuevas mentes literarias encuentren combinaciones de palabras que cambien el rumbo de alguna otra historia trágica. Los finales felices siempre estarán en manos de aquellos que se atrevan a escribirlos.»
Una de las participantes lo escribió con una contundencia que desarma cualquier paternalismo: «No soy la víctima. SOY LA ARTISTA». La mayúscula no niega la herida; se niega a quedar definida por ella. Ahí se condensa el tránsito que el proyecto persigue: de objeto de intervención a autora; de vida explicada por otros a presencia capaz de producir belleza, pensamiento y conocimiento compartido.

Figura 1. Trayectoria de Palabras Prisioneras: del diagnóstico socioeducativo al ecosistema de narrativas, artes y comunidad.
ELCEN: una pedagogía penitenciaria a fuego lento
«VOZ A: Nunca he tenido miedo de empezar de cero, ni de trabajar en lo que haga falta.
VOZ B: Nunca he sabido cómo empezar de cero, cómo adaptarme a una sociedad de la que nunca me he sentido integrado»
La experiencia acumulada fue dando forma al método ELCEN: escuchar, leer, conversar, escribir y narrar. Cinco verbos comunes para una tarea nada común: convertir la experiencia en mediación educativa y devolver al mundo una palabra que el encierro tiende a desautorizar. ELCEN no es una escalera, es una espiral. Se escucha de otra manera después de haber leído; la conversación altera el recuerdo; escribir cambia aquello que creíamos saber; narrar devuelve nuevas preguntas al grupo. Cada vuelta profundiza el trabajo autobiográfico y amplía la comunidad de quienes participan en él. En el centro de la espiral se encuentra el círculo de protección. No es una regla impresa ni una distribución geométrica de las sillas. Es una relación que debe reconstruirse en cada sesión, la confianza de que lo narrado no modificará la condena y no será convertido en diagnóstico por quien escucha. El educador no renuncia a su responsabilidad, pero contiene la pretensión de saber más que el narrador sobre la experiencia que este ha vivido.
«Gracias por hacerme ver que yo no soy ni la única ni la persona más importante del mundo»
Escuchar. Es el primer acto de restitución. Antes de pedir una historia hay que construir un lugar donde pueda ser dicha. Escuchar no consiste en permanecer callado mientras otra persona habla; exige hospedar la palabra sin apresurar su diagnóstico. A veces no aparece un relato completo, sino una imagen, una canción, el nombre de una hija, una despedida. La pedagogía no fuerza su desarrollo. Le concede tiempo.
Leer. Introduce otras vidas en el recinto. La literatura presta palabras cuando todavía no se poseen y ofrece la distancia necesaria para acercarse a aquello que duele sin quedar nuevamente atrapado en ello. En un cuento, la pérdida puede convertirse en viaje; el miedo, en bosque; una decisión, en encrucijada. Esa distancia no es evasión: es una forma de cuidado.
«Mientras me refugiaba en la lectura de esos dos libros, vi la oportunidad que tenía.»
Conversar. Evita que la autobiografía se clausure en el yo. Los relatos se rozan, se contradicen, despiertan recuerdos y componen una comunidad de interpretación. Nadie posee el significado definitivo de la historia. También quien educa debe exponerse a la posibilidad de que sus certezas tiemblen. La horizontalidad no borra el poder presente en la prisión, pero lo hace visible y ensaya, dentro de él, otras normas de relación.
Escribir. Desacelera el mundo. Obliga a seleccionar, enlazar y dar forma. La memoria no se reproduce como una fotografía; se esboza. Aquello que parecía una sucesión de fracasos puede revelar condiciones sociales, vínculos, pérdidas, decisiones y aprendizajes que antes no habían podido mirarse juntos. Por eso la calidad de un texto no se mide por la gramática. Corregir una frase nunca debería significar domesticar la voz hasta volverla irreconocible.
Narrar. Devuelve el texto al cuerpo y a la comunidad. La palabra adquiere ritmo, silencio, respiración y destinatario. Puede convertirse en programa de radio, lectura pública, cuento, ficción sonora, representación o libro. Pero la exposición nunca es obligatoria. Una persona puede leer sin escribir, escribir sin narrar o guardar para sí aquello que considera íntimo. La hospitalidad narrativa incluye el derecho al silencio y la autoría sobre el grado de circulación de la propia historia.
«Cada historia aquí contada es una victoria silenciosa. Cada palabra escrita, una semilla de libertad.»
La frase revela el sentido de la espiral. ELCEN actúa a la vez sobre el tiempo, la identidad y la relación. Reabre el tiempo biográfico que la condena congela; sostiene la movilidad del yo frente a la clasificación; crea las condiciones para que quien narra y quien escucha puedan reconocerse sin quedar reducidos a los papeles que la institución les asigna.

Figura 2. El método ELCEN: círculo de protección, espiral de cinco momentos y sendas de circulación comunitaria.
Salir antes de estar fuera
La penúltima expedición de Palabras Prisioneras conduce de la intimidad hacia el espacio público. Las historias pasan del cuaderno al círculo, del círculo a la radio y a los escenarios, de la prisión a los festivales, las redes, las escuelas y los libros. No salen para exhibir el dolor ni para abastecer la curiosidad social por la vida carcelaria. Salen porque la experiencia de quienes han vivido el encierro constituye una forma legítima de conocimiento y merece participar en el mundo común. Aquí aparece la dimensión más exigente de la reinserción. Acostumbramos a representarla como el regreso de una persona a la sociedad. Pero una puerta que se abre no garantiza una comunidad capaz de hospedarla. La reinserción también exige transformar la mirada exterior, interrumpir el estigma y reconocer que ninguna vida puede quedar definitivamente clausurada bajo una única lectura.
«A veces, muchas veces, sin palabras, sin decirle nada, tan sólo dándole un abrazo.»
Los libros colectivos de Palabras Prisioneras prolongan esa fuga. El manuscrito, el texto impreso, la ilustración y la voz componen un prisma que devuelve a cada experiencia una pluralidad de sentidos. Las páginas no funcionan como confesionario ni como escaparate de desgracias. Son un lugar de encuentro entre autores a quienes la sociedad conoce demasiado por su condena y lectores que, quizá por primera vez, pueden conocerlos por sus palabras.
«Hoy me siento libre, aunque me cierren la celda cada noche.»
La frase no niega los barrotes ni convierte la libertad en consuelo interior. Afirma que una vida puede comenzar a desobedecer la lectura que la aprisiona antes de que el cuerpo atraviese la puerta. La libertad es también la posibilidad de responder por la propia historia, revisarla, ofrecerla y no quedar confinado para siempre en el peor de sus capítulos.
Durante estos años, la palabra ha pasado del aula al papel, del papel a la voz, de la voz a la radio, de Tenerife a Europa y de Europa nuevamente a las prisiones, las escuelas y la comunidad. No ha derribado los muros. Ha hecho algo diferente, ha dibujado sobre ellos puertas que antes no sabíamos imaginar. Narrar es ofrecer lo vivido a otro y aceptar que, desde ese momento, algo comienza entre ambos. Narrar es convertir la memoria en herencia y la escucha en responsabilidad. Narrar, al fin y al cabo, es convivir en paz.
Para saber más
González Novoa, A., González-Luis, M. L. C., Perera Méndez, P. y Martín Hurtado, M. D. (2023). Arte, experiencia, educación y Palabras Prisioneras: Érase una vez una pedagogía penitenciaria con alas. Qurriculum, 36, 107-128.
González Novoa, A., Martín Hurtado, M. D., Perera Méndez, P. y González Luís, M. L. C. (2023). Autobiographical Paths of Penitentiary Pedagogy. Laertes.
González Novoa, A., González Luís, M. L. C., Perera Méndez, P. y Martín Hurtado, M. D. (2026). Strategic Autobiographical Narrative in Penitentiary Pedagogy. Encyclopedia, 6, 135.
Nota editorial. Los fragmentos entrecomillados proceden de textos elaborados por participantes del taller Palabras Prisioneras y reproducidos con autorización en el libro colectivo. Se preserva la identidad de sus autores cuando así ha sido solicitado.
