DYLE Nº 30
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La educación entre los intereses del mercado y los valores
Agustín Chozas Martín
Inspector de educación y profesor jubilado de la UCLM
En esta sociedad de las apariencias, la penúltima novedad, orquestada por las oligarquías interesadas, es que sus intereses de explotación parezcan otras “cosas” y hasta acciones de filantropía. El mejor ejemplo, por cierto, del cinismo dominante.
Y uno de los valores agredidos es precisamente la educación. También otros valores de la cultura occidental utilizados sin pudor como vestiduras, adornos y envoltorios de la riqueza desmedida, de la usura y, en una palabra, de la obsesión por el poder.
Mientras tales atropellos se desarrollan en la más absoluta de las impunidades, el pensamiento crítico permanece entre la sorpresa y el no saber qué hacer ante el poder de un neocapitalismo voraz.
Pese a los muchos avatares, la Declaración Universal de los derechos humanos de 1948 y la Declaración Universal de los deberes y obligaciones de las personas de 1917 (con el empuje de José Saramago) mantiene, por el contrario, un mapa vigoroso en favor de las personas y una llamada constante en defensa de las mismas.
Otro problema lo representan las distintas reducciones que recaen sobre la propia educación por tantas visiones monopolistas hasta excluyentes de otras que debieran ser complementarias. Si el concepto de educación remite a situaciones complejas no se pueden simplificar los puntos de vista: ni la pedagogía, ni la sociología, ni la psicología, ni la filosofía ni otros saberes pueden pretender, por si mismas, ofrecer una explicación de lo complejo. Una vez más, hay que reclamar la urgencia de la interdisciplinariedad.
Papel bien distinto es el desempeñado tantas veces por las tecnologías, bien lejos y con harta frecuencia del respeto a la educación como valor partícipe del bien común y bien cerca de sus intereses de mercado en una desenfrenada carrera por el dinero y el poder.
¿Cuándo el pensamiento crítico perderá sus miedos y obediencias para denunciar los atropellos morales y sociales del entramado consorcio entre internet, redes, y sus “archipropagados” macro robots…?
Las dificultades de la educación afectan, no menos que otras “invasiones”, a la situación de la profesión: su escasa visibilidad, su formación tan anquilosada, los excesos curriculares y, hay que reconocerlo, la ausencia de una vigorosa ética profesional
Ante el panorama preocupante, ya resumido, es preciso reafirmar el valor humano, ético y social de la educación y denunciar los envoltorios con los que las oligarquías acostumbran a disimular sus atropellos contra el bien común.
La educación lo es también para apelar a la justicia, la equidad, contra la discriminación y la pobreza, todos ellos valores convergentes y acosados de manera repugnante por aquellas ideologías sobrevenidas y supervivientes gracias a su permanente desprecio de los derechos y necesidades humanas básicas
La educación se defiende también no sólo por las instituciones más reconocibles, sino también por las administraciones de la enseñanza, empeñadas en mantener su miedo a la autonomía de centros y profesores y su fortaleza en la burocracia, es decir, en su desconfianza.
