Revista sobre educación y liderazgo educativo DYLE Nº 30

DYLE Nº 30

Editorial

Editorial

Dolores Pevida Llamazares

Inspectora educativa. Presidenta FEAE Asturias

El eco de lo vivido en el Paraninfo de la Magdalena durante nuestras XXXII Jornadas Estatales en Santander aún resuena con una fuerza especial. No fue solo un encuentro de profesionales; fue una constatación compartida de que el bienestar no se enseña, se contagia. Más de cien miradas de profesionales de la educación nos permitieron experimentar una verdad esencial: el ejemplo es el motor fundamental del aprendizaje y el cuidado mutuo es el único suelo firme sobre el que se puede construir educación de calidad.

Esta reflexión nace de la gratitud hacia todos los que participaron en ese diálogo. Juntos recordamos que el bienestar emocional no es un estado de felicidad permanente o la ausencia de conflictos, sino, como lo define la OMS, un estado de ánimo que nos permite afrontar las presiones de la vida y contribuir a nuestra comunidad. En el contexto escolar, este bienestar deja de ser un “extra” pedagógico para convertirse en un requisito indispensable: sin una calma base, el aprendizaje sencillamente no sucede.

La ciencia respalda esta intuición que compartimos en Santander. El binomio emoción-cognición es indisoluble. Como señaló Begoña Ibarrola, las emociones son las auténticas “guardianas del aprendizaje”. No podemos ignorar que la inteligencia fracasa cuando somos desdichados, una premisa que nos obliga a repensar nuestras instituciones.

Promover el bienestar no es una tarea individual ni un problema que el docente deba gestionar en la soledad de su aula; es una responsabilidad sistémica. Para que el cuidado sea real, debe transformarse en una cultura de centro construida a propósito. Esto implica transitar hacia organizaciones más humanas y flexibles, donde el sentimiento de pertenencia a un equipo actúe como un verdadero escudo emocional ante el agotamiento y la burocracia. Valorar la participación de cada miembro de la comunidad significa entender que “todos somos importantes” y que la base de un cerebro sano es, en última instancia, la bondad.

Sin embargo, las buenas intenciones no bastan. El clamor en Santander fue unánime: necesitamos acciones que se puedan tocar. Necesitamos tiempo para los vínculos, formación útil que se traduzca en estrategias de aula y espacios físicos que respiren amabilidad. Debemos ser capaces de ser “anclas” para nuestro alumnado, figuras de referencia estables que se atrevan a pausar los contenidos cuando el corazón del grupo lo necesite. Cuidar las emociones es, en esencia, cultivar una mentalidad de crecimiento. Es creer y hacer creer que las habilidades pueden desarrollarse si el entorno es seguro.

Al cerrar esta reflexión, el reto es mantener vivo el espíritu de Santander. El bienestar es la clave de todo, y cada interacción diaria, desde preguntar cómo te sientes hasta escuchar de verdad, es un paso hacia esa escuela que soñamos. Porque solo cuando nos cuidamos mutuamente, somos capaces de construir una escuela que realmente transforme vidas.