DYLE Nº 30

Estrategias para bien-estar y bien-aprender del alumnado
Begoña Ibarrola
Son numerosos los datos que certifican que, tras la pandemia, el número de niños, niñas y adolescentes con ansiedad, estrés, depresión e, incluso, con intentos de suicidio van en aumento de manera preocupante. La OMS estima que 1 de cada 5 niños, niñas y adolescentes sufre problemas de desarrollo, emocionales o de comportamiento. Además, numerosas investigaciones demuestran que el 50% de los problemas de salud mental de los adultos empiezan antes de los 15 años, y el 75 % antes de los 18 años, por tanto, las primeras señales aparecen en las aulas y el profesorado puede ser el primer testigo de que algo no funciona bien en un alumno, aunque no sepa, ni es su función, poner nombre a lo que le está pasando.
Ante estos datos podemos preguntarnos qué hemos desatendido como sociedad en el cuidado de nuestros niños y jóvenes, y qué medidas podemos adoptar para frenar o minimizar su impacto, así como mejorar su bienestar y salud mental. Con el fin de ofrecer respuestas satisfactorias a esta pregunta se están desarrollando investigaciones que demuestran cómo el aprendizaje social y emocional y los programas que potencian el bienestar psicológico de la comunidad educativa tienen efectos positivos en la prevención de problemas de salud mental del alumnado además de potenciar su éxito escolar.
Como señaló hace dos años el director general de la OMS, “ningún sistema educativo puede ser eficaz si no promueve la salud y el bienestar de sus estudiantes, el personal y la comunidad”.
La evidencia muestra que los centros educativos que priorizan el cuidado emocional y el bienestar psicológico de los estudiantes y del resto de la comunidad educativa, además de promover el cuidado de la salud mental, tienen más posibilidades de mejorar sus logros académicos. Pero vamos a empezar analizando el concepto de bienestar emocional. Según definición de la OMS es “un estado de ánimo en el cual la persona se da cuenta de sus propias aptitudes, puede afrontar las presiones normales de la vida, puede trabajar productiva y fructíferamente, y es capaz de hacer una contribución a la comunidad”.
Es preciso destacar que el bienestar emocional es subjetivo, ya que resulta de una valoración global que hace una persona sobre su nivel de felicidad y satisfacción en su vida, e implica el predominio de las vivencias afectivas positivas sobre las negativas, no, cómo algunas personas pueden pensar, la ausencia de experiencias emocionales negativas. Pero este bienestar no es innato, es una construcción personal, lo que sucede es que no enseñamos a estar bien al alumnado ni al profesorado, y esto debe cambiar.
En el contexto educativo sabemos que el bienestar emocional incide directamente sobre el rendimiento del alumnado, su grado de motivación, su atención y cómo se relaciona con sus compañeros. Por eso, y según un informe de la UNESCO (2021), los programas de aprendizaje socioemocional pueden mejorar de forma significativa la convivencia y potenciar la salud mental y el bienestar.
ALGUNAS ESTRATEGIAS:
1º Enseñar a tratar bien.
El buen trato es un elemento fundamental en la prevención del bullying y este es uno de los factores que provoca mayor malestar y problemas de aprendizaje entre el alumnado. Está bien documentada la relación entre bullying y descenso del rendimiento, la depresión, la ansiedad, incluso el suicidio.
Sobre este tema no me voy a extender porque hay mucho escrito pero mi objetivo es defender que debemos plantar en las aulas las semillas del buen trato: amabilidad, respeto y empatía. El cultivo de estas cualidades es un factor de prevención y ahí se deben centrar nuestros esfuerzo. Se ha comprobado que aquellos centros educativos que enseñan habilidades emocionales al alumnado, casi no existe el bullying.
Tratar bien significa ser amable con los demás, un valor que se puede aprender; aceptar a cada uno como es, sin juzgarlos, es decir fomentar otro valor importante como es el respeto; ser capaces de empatizar con los demás; resolver los conflictos a través del diálogo; ser agradecidos; escuchar a los demás y ayudarles cuando sea necesario. Propongo hablar más con el alumnado de lo que significa tratarnos bien y darles pautas claras que sean valoradas en el aula en lugar de poner el acento casi siempre en el maltrato.
Como dice Carmen Boqué: “Estar bien en el aula es un derecho de todas las personas que integran el grupo-clase, y, en consecuencia, todas y cada una de ellas tiene el deber inexcusable de procurar activamente el bienestar de los demás. Sólo así podremos hablar de aulas seguras, saludables y felices”.
Precisamente una de las funciones del coordinador de bienestar consiste en promover medidas que aseguren el bienestar del alumnado y la cultura del buen trato entre iguales. Esperemos que la educación emocional de nuestro alumnado mejore este aspecto tan ligado, por otra parte, con problemas de salud mental, autolesiones e ideación suicida. Se sabe que las víctimas de acoso escolar tienen tres veces más riesgo de suicidio.
Recordemos que la prevención pasa por la presencia de un adulto que mira con afecto y presta atención al lenguaje no verbal de los menores, pero con frecuencia el docente no tiene tiempo para esto o no es consciente de que a veces con solo su apoyo afectivo puede aliviar la carga de malestar y tomar en serio señales de alerta.
Richard Davidson, doctor en Neuropsicología, Univ. Wisconsin, nos recuerda que la base de un cerebro sano es la bondad. Sugiere que no es solo un rasgo moral sino una capacidad cerebral que se puede entrenar. Otros expertos en neurociencia y psicólogos respaldan su teoría.
2º Desarrollar en el alumnado la autoconfianza.
Es el convencimiento de que se tiene capacidad suficiente para resolver con éxito diferentes situaciones y que se puede ofrecer algo valioso a los demás, por lo tanto, es consecuencia de la autoestima. La autoestima está ligada a dos necesidades humanas básicas: tomar conciencia de que vales para algo (éxito ) y tomar conciencia de que eres alguien muy valioso para otro (reconocimiento). La autoestima es la suma de la capacidad personal y el sentimiento de valía, de confianza y de respeto por uno mismo.
Si vuestro alumno tiene un adecuado nivel de confianza en sí mismo, se atreverá a superar retos, no se hundirá frente a un fracaso y si se equivoca, volverá a intentarlo. Por eso es importante que seleccionéis de forma adecuada sus experiencias, para que supongan un estímulo atractivo que le impulse al esfuerzo, pero que sean metas cercanas, en las que podamos anticipar una experiencia de éxito. Pero la confianza de vuestro alumno en el mismo se debilita si le protegéis en exceso. Él debe vivir sus experiencias con un margen de libertad, con supervisión por supuesto, pero sin sentirse agobiado y controlado en todo momento. Para ello es importante ofrecerle entornos novedosos e interesantes, animarle a hacer cosas nuevas y a probar experiencias que le enriquezcan.
Carol Dweck, profesora de Psicología en la Universidad de Standford, publicó en 2006 el libro llamado Mindsets, la nueva psicología del éxito. Este libro refleja sus más de 30 años de investigación sobre cómo y por qué la gente es exitosa. Recoge un estudio muy interesante que realizó con adolescentes en Educación Secundaria, en el que les hacía una simple pregunta: ¿es la inteligencia algo fijo que no puede cambiar?
Las respuestas se clasificaron y formaron dos grupos claramente diferenciados: aquellos que consideraban la inteligencia como algo fijo e innato, lo que Dweck denominó mentalidad fija; y aquellos que consideraban que la inteligencia era algo que podía cambiar y desarrollarse, lo que se denominó mentalidad de crecimiento.
Los descubrimientos que derivaron de este estudio fueron muy interesantes. Descubrió también que la reacción ante el fracaso era muy distinta para cada uno de estos grupos. Aquellos individuos con una mentalidad fija consideraban que ellos habían fallado, que era intrínseco a su persona y que no podían cambiarlo y superarlo, por lo que dejaban de intentarlo. Mientras aquellos individuos con una mentalidad de crecimiento consideraban que cometer errores o enfrentarse a nuevos retos eran oportunidades para mejorar, aprender y en última estancia crecer. Estos individuos tendían a trabajar duro y arriesgarse, aunque ello involucrara equivocarse. Ante las dificultades, eran capaces de desarrollar nuevas estrategias, ser persistente e intentarlo de nuevo.
Por otra parte, la investigación indica que el elogio es una forma significativa en que los docentes comunican sus puntos de vista sobre la inteligencia y la capacidad de los estudiantes. La investigación ha descubierto que los docentes que tienen grandes expectativas de sus estudiantes, manifestada en contextos de mensajes y prácticas de apoyo orientados a fomentar el crecimiento de su potencial, facilitan la motivación y el compromiso de estos. Por el contrario, cuando se los elogia, haciendo hincapié en las capacidades innatas, como ser “inteligente”, los estudiantes buscan menos desafíos, disminuye su persistencia en las tareas difíciles, tienen un miedo más pronunciado al fracaso y se reduce su motivación académica.
3º Desarrollar la resiliencia.
En la vida de todas las personas, las posibilidades de que sólo ocurran cosas buenas son muy escasas. Tarde o temprano los seres humanos tenemos que enfrentarnos a la frustración, las enfermedades, reveses, fracasos, pérdidas de seres queridos, etc… Pero hay individuos que han sufrido mucho y no solo han sobrevivido, sino que han sido capaces de disfrutar plenamente de sus vidas. Lo que diferencia 0a unos de otros ha sido objeto de numerosos estudios que han desembocado en la utilización de un nuevo término, resiliencia. Este término proviene del mundo de la física y se refiere a la capacidad de ciertos materiales para recuperarse o volver a su posición original después de haber soportado ciertas cargas o impactos que los deforman.
Es una aptitud para alcanzar el bienestar integral e implica una actitud para afrontar y sobreponernos antes situaciones adversas, haciendo uso de nuestras fortalezas. Es importante recordar a los alumnos que todos los seres humanos tenemos un potencial para desarrollarnos, contamos con fortalezas en nuestro interior que nos permiten superar situaciones adversas en los distintos grados y momentos en que éstas se van presentando a lo largo de la vida. Sin embargo, no todos hacemos uso de dicha facultad, razón por la cual existen diferencias entre las personas en cuanto a las formas de reaccionar ante las situaciones difíciles. En este sentido recomiendo analizar el modelo de fortalezas de Seligman y Peterson (2004).
Los factores protectores son individuales y ambientales, los primeros referidos a las características personales asociadas al temperamento, carácter, experiencia cognitiva, asertividad, entusiasmo y alto grado de optimismo entre otros. Y los ambientales, relativos a las características del entorno de la persona, familiares y sociales. El docente puede convertirse en un factor protector importante, pero debemos ser conscientes de que el peor enemigo de la resiliencia es la sobreprotección. Adultos que les quieren quitar las piedras del camino a los menores para que no tropiecen y sufran, no colaboran precisamente para que aumente su bienestar, sino todo lo contrario.
4º Potenciar emociones positivas.
Es en 1998 cuando por primera vez se aborda el tema de las emociones positivas desde una perspectiva seria, gracias a Barbara Fredrickson, profesora de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (EUA), y una de las investigadoras más importantes en el ámbito de la Psicología Positiva. Su investigación fundamental la llevó a desarrollar una teoría sobre las emociones positivas y la esencia de esta teoría radica en la noción de que las emociones positivas juegan un papel esencial en nuestra supervivencia. Las emociones positivas, como el amor, la alegría y la gratitud, promueven acciones, ideas y vínculos sociales nuevos y creativos. Cuando las personas experimentan emociones positivas, sus mentes se amplían y se abren a nuevas posibilidades e ideas. Al mismo tiempo, las emociones positivas ayudan a las personas a construir sus recursos de bienestar personal. La parte fundamental de esta teoría está ligada a los hallazgos de que estos recursos son duraderos y pueden aprovecharse en momentos posteriores, en diferentes estados emocionales negativos, para mantener el bienestar.
Según ella, tanto las emociones negativas como las emociones positivas tienen una función adaptativa, pero actúan en escalas de tiempo distintas. Las negativas como el miedo, la ira o la ansiedad nos preparan para realizar una acción de supervivencia en una situación de peligro, una reacción inmediata. En cambio, los beneficios adaptativos de las emociones positivas son a más largo plazo ya que provocan cambios en la actividad cognitiva, y a la larga pueden producir cambios conductuales.
Las emociones además matizan el funcionamiento del cerebro, es decir, los estímulos emocionales interactúan con las habilidades cognitivas, afectando a la capacidad de razonamiento, la toma de decisiones, la memoria, la actitud y la disposición para aprender. Esto demuestra la importancia de comprender e integrar las emociones en el aprendizaje. No olvidemos que los procesos de aprendizaje, la motivación, la atención y la memoria, están dirigidos emocionalmente y que las emociones regulan lo que experimentamos como realidad. Así podemos decir que hay estados emocionales que favorecen el proceso de aprender, como la curiosidad, la confianza en uno mismo, la confianza en los demás, la alegría, la calma y el orgullo, entre otros, y que hay otros que lo dificultan, como el miedo, la ansiedad, el estrés, el aburrimiento o la ira, debido a las reacciones tanto físicas como psicológicas que provocan estados mente-cuerpo muy diferentes en los alumnos.
5º Cuidar los tiempos
Sabemos que el cerebro se beneficia cuando se tiene tiempo de reflexionar, pero ¿qué tiempos se dedican diariamente a reflexionar en nuestras aulas? En general tenemos a profesores estresados que enseñan a alumnos estresados que llegan a clase de entornos familiares estresantes, por tanto, las aulas pueden convertirse en tóxicas, lo que genera malestar, ansiedad, frustración, etc…., estados emocionales que en nada favorecen el aprendizaje.
Para llevarse a cabo, el aprendizaje necesita tiempo, por eso debemos dar tiempo al cerebro para integrar nuevos conocimientos con los antiguos, y codificarlos en la memoria. Y para que sea más eficaz, debe alternarse con períodos de no-aprendizaje, de descanso o de cambio de actividad. No olvidemos que no todo el aprendizaje es consciente, hay una parte inconsciente que es imprescindible. El proceso digestivo nos puede servir para entender la necesidad de combinar tiempos de atención con otros momentos de no atención, es decir, tiempo para comer y tiempo para digerir. Pues bien, para aprender se necesitan las dos cosas, se necesitan tiempos de atención y absorción y tiempos de consolidación y asociación.
Es necesario organizar la clase teniendo en cuenta los tiempos y los ritmos, cambiar de “foco”, oír música, meditar, contar una historia que sirvan para sacar al alumno de un estado de tensión y llevarle a un estado de atención relajada. Por eso las prácticas de mindfulness en el aula están teniendo tanto éxito, no es una pérdida de tiempo sino una mejora del bienestar del alumno que desde ese estado aprenderá mejor.
Por otra parte, podíamos plantearnos la siguiente pregunta que dejo abierta: ¿cuál sería la duración optima de una clase? La respuesta seguramente será, depende…… Pues sí, depende de varios factores, pero si el estado de flujo del que habla Csíkszentmihályi es el mejor estado para aprender desde el bienestar, entonces algunas clases deberían tener otra duración diferente porque quizás al terminar la hora es justamente el momento en que los alumnos han entrado en ese estado tan positivo al que cuesta llegar, el flujo, y si se corta, en la siguiente clase no van a partir del mismo punto. Ahí queda la pregunta.
6º Cuidar las relaciones
El aprendizaje es un fenómeno emocional y relacional. Estamos frente a un importante planteamiento, sustentado además por múltiples investigaciones que nos permite hoy afirmar que, si queremos que nuestros alumnos mejoren sus aprendizajes, debemos intervenir a nivel de clima emocional en el aula.
Juan Cassaus ( Cassaus, J, La escuela y la (des) igualdad) en 1994 dirigió una investigación internacional promovida por la UNESCO sobre los factores que inciden en el aprendizaje de los alumnos. Con un equipo de prestigiosos investigadores estudiaron los efectos de las principales variables que se consideraba eran las que incidían en el rendimiento escolar y que habían sido transformadas en políticas educativas. Cada una de las variables fue analizada cuidadosamente, pero, para su sorpresa, fue perfilándose una que, por su impacto, sobresalía muy por encima de las otras, hasta llegar a ser, y con diferencia, la variable que más explicaba las diferencias en los resultados académicos de los alumnos: el clima emocional del aula. Este clima está compuesto de tres componentes: el tipo de vínculo que se establece entre el profesor y sus alumnos; el tipo de vínculo que se da entre los alumnos, y el clima que emerge de las anteriores.
Por otro lado, la neurociencia ha demostrado que el cerebro necesita sentirse seguro y motivado para aprender de forma eficaz. Para ello es preciso que haya espacios donde los alumnos puedan actuar sin sentirse continuamente evaluados, donde puedan ser libres para explorar o equivocarse, ya que aprender por ensayo-error es la forma natural en los seres humanos. Este tipo de experiencias activan zonas del cerebro relacionadas con el placer, la motivación y la creatividad, elementos esenciales para un aprendizaje duradero.
En un aula la seguridad se fomenta por la conexión que existe entre el profesor y el alumno y por la seguridad y confianza que tengan los alumnos entre sí. Ésta proviene de una atención constante, respetuosa, atenta y sensible del profesor para con las necesidades de sus estudiantes y de un trato respetuoso y amable entre los miembros de una clase. La seguridad se crea con la predicción en los hechos, con normas claras y preestablecidas que generen consecuencias y con nuestras actitudes consistentes y permanentes.
No existen espacios seguros sin conexión emocional y social, por tanto, el docente debe hacer un acompañamiento emocional a su alumnado, creando entornos de confianza, ya que el clima emocional del aula es uno de los mayores facilitadores del aprendizaje del alumno y de su bienestar emocional.
