DYLE Nº 21

Editorial
Azucena Gozalo Ausín
Presidenta de la Federación Estatal del Fórum Europeo de Administradores de la Educación
En el número de DyLE que compartimos este mes vamos a hablar de evaluación. Posiblemente, después del propio término “educación”, sea el concepto que más ríos de tinta (metafóricamente en el siglo actual, reales históricamente) haya hecho correr en los entornos académicos en los que nos movemos. Sin embargo, sospecho que rara vez nos hemos parado a pensar en el origen de esta palabra y en hasta qué punto nos hemos ido distanciando de su conceptualización inicial.
De acuerdo con el Diccionario de la RAE evaluar significa “Señalar el valor de algo”; “Estimar, apreciar, calcular el valor de algo”; “Estimar los conocimientos, aptitudes y rendimiento de los alumnos”. En las tres acepciones se aprecia la vinculación con el término francés del que trae su origen, “évaluer”, intrínsecamente ligado al concepto de “valor”. Considero importante hacer esta reflexión porque tras siglos de educación formal y de mecanismos de evaluación orientados a la calificación y la clasificación, en demasiadas ocasiones perdemos esa perspectiva positiva de “poner en valor” lo aprendido y lo adquirido.
Es importante, por tanto, dar un paso atrás, abordar una reflexión sobre la evaluación en la que tratemos de dar respuesta a la pregunta adecuada: no se trata de, mecánicamente, responder a “por qué” evaluamos, sino más bien plantearse “para qué”. El propio sistema educativo tiene tan interiorizado que evaluamos PORQUE es preciso clasificar, “premiar” y “castigar”, que perdemos de vista que evaluamos PARA ayudar en el proceso de aprendizaje, poniendo en valor lo adquirido y estableciendo nuevas pautas para facilitar el acceso a lo no conseguido y avanzar en un proceso que es permanente, que se desarrolla a lo largo de toda la vida.
La evaluación no puede retener el alto componente punitivo que la ha caracterizado durante siglos, vinculándola a la medida del rendimiento académico, a la calificación y la clasificación; debe recuperar su esencia eminentemente valorativa. Desde la aportación de la neurociencia hoy confirmamos lo que siempre habíamos intuido: que los estímulos positivos y la motivación son potentes acicates para el aprendizaje, mientras que la insistencia en el fracaso dificulta la generación de conexiones neuronales esenciales para adquirir nuevos conocimientos y competencias. Difícilmente ayudaremos a generar mejores aprendizajes y a alcanzar mayores cotas de éxito si no ponemos el énfasis en acompañar, ayudar y dar aliento en lugar de poner la lupa en los fracasos.
