Revista sobre educación y liderazgo educativo DYLE Nº 31

DYLE Nº 31

Experiencias

De Madrid a Hollywood: tres años enseñando y aprendiendo en Los Ángeles

Ana Salido Mateos

Resumen: Durante tres cursos cambié mi aula en Madrid por un instituto público en Hollywood dentro del Programa de Profesores Visitantes. Clases de 88 minutos, tecnología integrada, una extraordinaria cultura de centro pero también ratios elevadas, teléfonos móviles en el aula y mucho burnout: una experiencia que transformó mi manera de enseñar y mi forma de mirar la educación española.

Palabras clave: Profesorado visitante · cultura de centro · innovación educativa

De Madrid a Hollywood

Cuando decidí solicitar el Programa de Profesores Visitantes en Estados Unidos, ya era funcionaria de carrera y llevaba varios años trabajando como profesora en la Comunidad de Madrid. Estaba bien donde estaba. Precisamente por eso quería hacer algo diferente.

Buscaba aventura, aprendizaje, salir de nuevo de lo conocido y descubrir cómo sería enseñar al otro lado del mundo. Y entre todos los lugares posibles, acabé en Hollywood.

Reconozco que el nombre ayudaba. Es difícil escuchar “Hollywood” sin pensar en películas, palmeras, estudios de cine, estrellas y ese glamour californiano que llevamos viendo en una pantalla desde pequeños. Sin embargo, la realidad tarda bastante poco en desmontar esa imagen.

El Hollywood real es ruidoso, caótico, sucio, tremendamente diverso y bastante menos glamuroso de lo que su nombre promete. Pero tiene algo que acabaría marcando también mi experiencia como profesora. Mi instituto era una pequeña versión de todo aquello.

Bienvenida a Hollywood High.

La primera vez que llegué recuerdo mirar aquel edificio enorme que algunos categorizaban como histórico y otros como viejo y abandonado. Era imponente y desde luego se parecía bastante a una película americana. Palmeras altísimas, skaters, equipos deportivos, animadoras y estudiantes entrando y saliendo por todas partes. Recuerdo la música, el ruido, las risas. La sobreestimulación era continua.

El umbral de la puerta de mi aula me adentró en otra realidad. Era una clase grande, prácticamente vacía, bastante triste y con alguna telaraña.

Me proporcionaron algunos materiales, una compañera de español, Ms. Estangüi, me ayudó muchísimo con otros y, para todo lo demás, Amazon hizo el resto. Poco a poco fui decorándola, organizándola y llenándola de materiales hasta convertir aquel espacio en algo completamente mío.

Mientras tanto, fuera del aula intentaba entender cómo funcionaba aquel enorme engranaje. Los estudiantes se desplazaban de una clase a otra mientras los profesores permanecíamos en nuestras aulas. Las clases duraban 88 minutos. Había clubes, entrenamientos, ensayos, grabaciones, actuaciones, assemblies, pep rallies y eventos constantemente. Incluso teníamos un programa de noticias producido por los propios estudiantes.

Durante los primeros días recuerdo hacerme una pregunta con bastante frecuencia: ¿pero cuándo damos clase?

Todo me parecía un auténtico caos. Lo curioso era que, dentro de aquel caos, todo el mundo parecía saber perfectamente qué tenía que hacer. Todos menos yo.

Afortunadamente, nunca tuve que aprenderlo sola. Desde el comienzo conté con el acompañamiento de los asesores de Educación en el Exterior y, una vez en el instituto, con el apoyo de mi director, de mi compañera de español y de muchos otros profesores. Poco a poco, Hollywood High dejó de parecerme tan extraño.

Aprender de nuevo a dar clase

Mi primer gran reto tuvo un nombre: block schedule.

Pasar de clases de aproximadamente 50 minutos a bloques de 88 cambió completamente mi manera de enseñar. Intentar mantener durante casi hora y media una estructura tradicional de explicación, ejercicios y corrección sencillamente no funcionaba. Mucho menos con grupos que podían alcanzar los 37 estudiantes.

Tuve que buscar otra fórmula. Con el tiempo desarrollé una estructura que terminé llamando 20-30-30.

Comenzábamos con una pregunta. A veces estaba relacionada con lo que íbamos a trabajar y otras simplemente buscaba despertar su curiosidad: “¿Quién es la persona más divertida que conoces y por qué?”, “¿Qué es lo que más te sorprendió de determinado país?”…

Mis estudiantes escribían la pregunta y su respuesta y después la compartían con dos o tres compañeros. Intentaba cambiar quién comenzaba cada día o moverlos para que hablaran con personas diferentes. Luego compartíamos en grupo.

Aquellos primeros 20 minutos tenían una función lingüística, pero también otra que con el tiempo valoré todavía más: hablábamos español, pero al mismo tiempo nos conocíamos.

Después pasábamos al contenido: gramática, vocabulario, escucha o lectura. Explicaba, mostraba ejemplos e intentaba que fueran ellos quienes observaran patrones y llegaran a sus propias conclusiones. La última parte se dedicaba a aplicar lo aprendido mediante actividades escritas, orales y, siempre que podía, colaborativas. Muchas veces trabajábamos escuchando música española. Los últimos minutos eran para repasar o simplemente prepararse para la siguiente clase.

El 20-30-30 nunca pretendió ser una fórmula matemática. Había días en los que una conversación merecía cinco minutos más y otros en los que necesitábamos avanzar antes. Lo verdaderamente importante fue comprender que 88 minutos necesitan ritmo, cambios y propósito. Cambié mi manera de enseñar creando pequeños bloques de trabajo que me ayudaron a estructurar una extensa sesión de instrucción que contrastaba con la dificultad creciente para mantener la atención durante periodos prolongados en un contexto marcado por el consumo constante de contenidos digitales.

Tecnología: sí, pero no toda

Otra de las diferencias que más me sorprendió fue el nivel de integración tecnológica.

Todos los estudiantes disponían de un Chromebook proporcionado por el distrito de manera gratuita. Schoology era la aplicación que centralizaba materiales, presentaciones, tareas, entregas, comentarios y calificaciones. Los alumnos podían consultar inmediatamente lo que habíamos trabajado y entregar sus actividades desde el mismo dispositivo.

La organización era extraordinariamente cómoda. Los libros de idiomas que tenía disponibles, en cambio, me parecían bastante pesados y anticuados, así que terminé creando gran parte de mis materiales desde cero. Canva se convirtió en mi mejor amigo.

Aunque aquello tenía un precio: crear materiales atractivos, subirlos, corregirlos y proporcionar comentarios continuamente suponía una enorme carga de trabajo.

La evaluación también era diferente. No existían las juntas de evaluación tal y como las conocemos en España. Las calificaciones se construían de forma continua mediante tareas, proyectos y pruebas y quedaban registradas en Schoology. Aproximadamente cada cinco semanas se generaba un nuevo informe de progreso.

Me gustaba especialmente la transparencia: un estudiante podía saber prácticamente en cualquier momento qué había entregado, qué le faltaba y cuál era su calificación.

Pero también aprendí dónde pondría el límite. Crear actividades no puede sustituir a enseñar. Con bloques tan largos y grupos tan numerosos existe la tentación de convertir la clase en una sucesión de tareas simplemente para mantener ocupado al alumnado, algo que era muy común.

Eso no me lo traería a España. Sí me traería un dispositivo educativo por alumno y una plataforma verdaderamente integrada, acompañados de límites tecnológicos claros.

Porque con los teléfonos móviles mi experiencia fue completamente diferente. Muchas veces tuve la sensación de que los estudiantes habían ganado la batalla. Existían normas y restricciones como aquí, pero conseguir que se aplicaran de forma consistente era otra historia. Competir contra un teléfono por la atención de un adolescente es difícil; hacerlo frente a 37 lo es todavía más.

“Yo había llegado a Estados Unidos sabiendo dar clase. Aquel horario y aquellos estudiantes me obligaron a aprender a darla de otra manera.”

EL 20-30-30 | UNA ESTRUCTURA PARA 88 MINUTOS

20 minutos – Activar y conectar

Pregunta inicial, escritura individual y conversación con diferentes compañeros.

30 minutos – Descubrir y aprender

Presentación de contenidos, ejemplos, comprensión, vocabulario, gramática, lectura o listening.

30 minutos – Aplicar y compartir

Práctica escrita y oral, actividades colaborativas, corrección y puesta en común.

La clave

No cumplir un cronómetro, sino introducir cambios de ritmo y diferentes formas de participación dentro de una sesión muy larga.

Mucho más que ir a clase

Si pudiera importar mañana mismo una característica de mi instituto de Los Ángeles, probablemente elegiría su cultura de centro.

El instituto no era simplemente el edificio al que acudíamos a enseñar y aprender. Tenía identidad.

Había ropa del centro, clubes, equipos, eventos y tradiciones. Halloween se celebraba de verdad. Navidad también. Los profesores cantaban, bailaban, se disfrazaban y mostraban abiertamente sus intereses. Si a un profesor le apasionaban las motos, probablemente bastaban treinta segundos dentro de su aula para descubrirlo.

Mi primer pep rally fue una de esas ocasiones en las que volví a sentir que estaba dentro de una película. La música a todo volumen. Las gradas llenas. Los equipos deportivos. Las bailarinas. Las actuaciones. Los estudiantes perdiendo la cabeza animando a sus compañeros.

Y entonces mirabas al escenario y los reconocías. Eran tus estudiantes.

Los mismos adolescentes que unas horas antes estaban practicando español contigo se transformaban delante de todo el instituto en deportistas, bailarines, músicos y artistas.

El talento era real. Recuerdo asistir a una representación del musical Chicago realizada en el propio instituto y pensar que era mejor que algunos musicales profesionales por los que había pagado una entrada.

Había assemblies dedicadas a distintas culturas, teatro, clubes, deportes, actuaciones y cuatro pequeñas Small Learning Communities. Además, los propios estudiantes grababan, entrevistaban y documentaban lo que sucedía para HStudios, el programa de noticias del instituto.

Arte y performance parecían estar en cada rincón. Y aquello era contagioso.

Ver constantemente a mis estudiantes crear, actuar, grabar, competir o preparar el siguiente evento hacía que yo también quisiera estar a la altura. Quería que mi clase fuese mejor. Salir del libro. Buscar otra actividad. Contar otra historia.

Por eso creo que deberíamos prestar más atención a la identidad de nuestros centros en España. Una camiseta con el nombre de tu instituto puede parecer algo superficial. Sentirse orgulloso de pertenecer a una comunidad no lo es.

Detrás del espectáculo

Pero sería injusto contar solo esa parte.

En una misma clase podía encontrar estudiantes extraordinariamente curiosos y ambiciosos, capaces de compaginar estudios, entrenamientos, ensayos, clubes e incluso trabajo, junto a otros con vidas personales tremendamente complicadas, absentismo o una desconexión casi absoluta de la escuela.

También tuve que acostumbrarme a situaciones que inicialmente me sorprendían. Un estudiante podía entrar tarde con un Starbucks en la mano, sentarse y continuar su día como si aquello fuera completamente normal.

Con ratios de hasta 37 alumnos, atender individualmente a todos era extremadamente complicado. Lo sentía especialmente con los estudiantes con necesidades educativas especiales. Muchas veces, sencillamente, me faltaban manos.

Profesores que hacen comunidad

Si algo hizo más fácil mi adaptación fueron los profesores que encontré allí.

La mayoría eran profesionales fantásticos: personas interesantes e interesadas en su trabajo. Vi motivación, preocupación por los estudiantes y sentido de comunidad.

Muchos llevaban cinco, diez o más años trabajando en el mismo instituto. Y eso se notaba. Conocían las tradiciones, al alumnado, a las familias y, sobre todo, se conocían entre ellos. Aquello me hizo comprender mejor el efecto que puede tener la estabilidad del profesorado sobre la identidad de un centro.

Pero existía una paradoja. A pesar de aquella comunidad, ser profesor podía resultar tremendamente solitario.

Cada día impartíamos tres bloques de 88 minutos y disponíamos de un conference period de otros 88 para preparar clases, corregir y realizar el resto del trabajo. Sobre el papel parece muchísimo tiempo pero nunca lo era.

Siempre había algo que preparar, corregir, responder, crear o incluso limpiar. Había días en los que prácticamente no salía de mi aula.

Me sentí sola muchas veces. También experimenté burnout. Y sabía que muchos compañeros sentían algo parecido.

Pero nunca pensé: “No puedo más” o “¿Qué hago aquí?”. Incluso en los momentos más exigentes amaba mi trabajo. Me sentía bienvenida, conectada con mis estudiantes y convencida de que estaba aportando algo.

Cuando diez días parecen muchos

Las condiciones laborales también me hicieron observar mi profesión desde otra perspectiva.

Disponíamos de diez sick days al año. Diez días pueden parecer suficientes hasta que ocurre algo de verdad.

Durante mi último curso me fracturé un hueso del pie. Me quedaban cinco días disponibles y terminé yendo a trabajar con una bota ortopédica. Lo que más me sorprendió fue que a nadie le sorprendiera.

Aquello me hizo valorar mucho más determinadas protecciones que tenemos en España.

Pero también encontré ideas que sí importaría. Había una enorme oferta de formación del profesorado, presencial y online, y muchas de esas actividades eran remuneradas. Me gustaba el mensaje que había detrás: seguir formándote y mejorar profesionalmente también tiene valor.

Tres años creciendo juntos

Durante tres cursos trabajé básicamente con muchos de los mismos estudiantes. Eso crea un vínculo difícil de explicar. Pasábamos muchísimo tiempo juntos. Los vi crecer y ellos también me vieron crecer a mí.

Creo que pude enseñarles español, pero espero haberles enseñado también algo sobre todo lo que existe fuera de su realidad inmediata.

Algunos ni siquiera entendían inicialmente por qué yo hablaba español siendo “blanca”. Aquellas preguntas dieron lugar a conversaciones sobre España, Europa, identidad, historia y la enorme diversidad del mundo hispanohablante.

También pudieron conectar con estudiantes españoles a través de actividades colaborativas y descubrir algo tremendamente sencillo y, a la vez, importante: no somos tan diferentes.

Al otro lado del mundo había adolescentes con preguntas, preocupaciones e intereses muy parecidos a los suyos.

Mis viajes y mis propias experiencias se convirtieron en herramientas educativas. Yo también había sido una estudiante como ellos y ahora estaba enseñando al otro lado del planeta. Además, habíamos empezado el High School a la vez, ellos como estudiantes y yo como profesora visitante allí. Quería que entendieran que estudiar, aprender idiomas, tener curiosidad y ser disciplinados podía abrir puertas que quizá todavía ni siquiera sabían que existían. Ellos aprendieron de mí. Pero ellos hicieron exactamente lo mismo conmigo.

Lo que metería en la maleta de vuelta

Después de tres años, no regreso pensando que el sistema estadounidense sea mejor que el español. Tampoco regreso pensando lo contrario. Regreso convencida de que podemos aprender muchísimo unos de otros.

De Estados Unidos me traería una mayor cultura de centro: identidad, eventos, tradiciones y orgullo de pertenencia.

Me traería más oportunidades de formación remunerada para el profesorado.

Me traería un dispositivo educativo para cada alumno, acompañado de límites claros, y un sistema digital realmente integrado donde estudiantes, familias y profesores puedan encontrar materiales, tareas, comentarios y calificaciones de forma sencilla.

Y me traería algo aparentemente mucho más simple: que cada profesor tenga su aula y sean los estudiantes quienes se desplacen.

También dejaría algunas cosas allí. Dejaría las ratios de hasta 37 estudiantes. Dejaría la idea de sustituir enseñanza por una sucesión de actividades simplemente porque tenemos que llenar 88 minutos. Y dejaría, sin ninguna duda, la permisividad con el teléfono móvil.

Pero hubo algo más que terminó dentro de mi maleta sin que yo hubiera planeado llevármelo: una nueva valoración de lo que ya tenía.

Antes de marcharme daba por sentadas muchas cosas. Después de vivir en Los Ángeles, valoro mucho más nuestra seguridad, determinados apoyos y nuestra calidad de vida. Curiosamente, tuve que irme bastante lejos para aprender también a mirar hacia casa.

Volver siendo otra profesora

Tres años después regreso a mi plaza en Madrid, pero no vuelve exactamente la misma profesora que se marchó.

Vuelve alguien mucho más inspirado. Alguien con más ganas de salir del libro, contar historias, crear y buscar maneras diferentes de despertar la curiosidad.

Ahora vuelvo a enseñar inglés, y quiero que mis alumnos entiendan que aprender un idioma significa mucho más que aprobar una asignatura. Porque ahora lo he vivido desde el otro lado.

Tuve la suerte de vivir esta aventura dentro del Programa de Profesores Visitantes y de hacerlo acompañada. El apoyo de la dirección de mi instituto y de tantos compañeros fue esencial para integrarme en un sistema que inicialmente me resultaba completamente desconocido.

Pero fueron mis estudiantes quienes terminaron haciendo de Los Ángeles mi casa durante tres años.

A veces pienso en aquella primera vez que abrí la puerta de mi aula. Vacía. Triste. Con telarañas.

Tres años después era difícil reconocerla. Estaba llena de recuerdos, historias y pequeños pedazos de todas las personas que habían pasado por allí.

Creo que conmigo ocurrió algo parecido.

Llegué a Hollywood buscando una aventura y pensando que iba a Estados Unidos a enseñar español pero volví a Madrid sabiendo que también había ido allí a aprender a enseñar de nuevo.

Y quizá esa haya sido la lección más importante de todas.

“Un idioma puede ser una asignatura, pero también puede ser un avión, una amistad, una universidad, un trabajo, una oportunidad o una vida al otro lado del mundo.”