Revista sobre educación y liderazgo educativo DYLE Nº 29

DYLE Nº 29

Monográfico

A la búsqueda del justo medio en educación infantil

Ángeles Abelleira Bardanca

maestra de EI en EEI Milladoiro (Ames)

Isabel Abelleira Bardanca

directora del CEIP A Maía (Ames)

“La virtud es un justo medio entre dos extremos.”
Aristóteles

La polarización es un fenómeno que podría definir la sociedad, la economía o la política actual y cómo no, también las concepciones educativas, la didáctica o los anhelos que la comunidad vuelca sobre la institución escolar. Las opiniones más dogmáticas surgen de los extremos. Abunda con entrar en los comentarios sobre una noticia relacionada con un problema o episodio educativo para apreciar las grandes diferencias de visión sobre esa cuestión. Y nadie se escapa de ello: pedagogos, formadores, educadores, progenitores, influencers y tertulianos de lo más variopinto esgrimen argumentos que avalan con reputadas o ignotas tesis torticeramente tergiversadas. Ante esa ambivalencia, ¿cómo responde la escuela, cómo afecta a los docentes, qué supone en la cotidianidad de un aula, en el alumnado y en sus familias?

Como maestras en activo con una trayectoria de casi cuatro décadas en las que observamos los cambios acaecidos en el trasfondo educativo, nos atrevemos a compartir con los lectores nuestras observaciones al respecto de esas peligrosas balcanizaciones y a sugerir la búsqueda del equilibrio.

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Imagen: Artículo publicado en https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20251228/falta-limites-casa-dificulta-gestion-escuela-panales-pijama-tacones-124715765 el 28/12/25. Ejemplo de la polarización pues las críticas a favor o en contra surgen de todos los sectores, unos esgrimiendo que es la propia escuela quien fomenta la “carnavalización” constante y otros la libertad de los pequeños.

Esta cuestión ha sido una constante en nuestras publicaciones, y más concretamente en el libro “Docentes de infantil. Luthiers del futuro”, del que extraemos un párrafo que resume esos movimientos pendulares que se viven en toda la educación aunque con especial amplitud de onda en infantil:

“entre el todo vale y el nada está bien; entre la idealización romántica y la descarnada realidad; entre la utopía frustrante y la distopía real; entre la libertad de cátedra y el totalitarismo metodológico; entre la tiranía del activismo y las ataduras del laissez faire; entre la santurronería pedagógica y el agnosticismo experiencial; entre el absolutismo discente y la dictadura docente; entre la condescendencia emocional y la asepsia académica; entre la aculturación elitista y la banalización festiva; entre el adelantar acontecimientos y el retardar tiempos; entre la sacralización de los aparatos y el anacoretismo tecnológico; entre la rigidez programática y el espontaneísmo perpetuo; entre la carestía de límites y el hartazgo de preceptos; entre el pesimismo colectivo y el heroicismo fatuo; entre la diferencia niveladora y la igualdad segregadora; entre fundamentalismos extemporáneos y anacronismos presentes.

En estas pocas líneas tratábamos de condensar los antagonismos existentes en cuanto a la concepción de qué es la escuela, educar, métodos de enseñanza, organización escolar, estilo docente y otras facetas del prisma escolar.

Erróneamente se podrían enmarcar en la disputa entre la escuela tradicional y la innovadora aunque esto sería un reduccionismo; en primer lugar porque no son reales, no existe tal y como nos las presentan, y la otra razón es que ni las primeras son tan nefastas como en tiempos pasados ni las segundas garanten el éxito educativo. Son creaciones instaladas en el imaginario colectivo. En las últimas décadas desde las facultades, la formación, la administración y las publicaciones nos han bombardeado con la panacea de la innovación con diversión como si eso ya fuese suficiente para abordar los problemas existentes en el sistema educativo. Paralelamente a estos discursos, la mayor parte de las escuelas siguen siendo bastante clásicas y esto no debería ser objeto de crítica puesto que lo clásico es lo que permanece por su funcionalidad; es decir, se perpetúa porque ha sido y es todavía útil. Sin embargo, en régimen público, se siente como un estigma ser una escuela clásica, todo lo contrario de lo que sucede en la privada. Esto nos podría llevar a otro debate relacionado con las diferencias entre la pública y la privada y de las razones por las que a día de hoy hay un resurgimiento del sector concertado. Aunque nos cueste escucharlo, cuando se les pregunta a las familias que eligen esta opción, las palabras rigor, seriedad, orden, control, normas y valores, son las que más se repiten. Esto debería ser una llamada de atención para los funcionarios docentes especialmente en un momento de bajada de natalidad.

Llegado este punto, creemos conveniente aclarar que, pese a que somos grandes defensoras del sistema público, sería fanatismo cerrar los ojos a las evidencias: en los últimos años, los vaivenes erráticos nos han hecho perder crédito. Y esto, como ya mencionábamos anteriormente, es debido a las diatribas pedagógicas, políticas o legislativas, además de los cambios sociales, familiares y de formas de parentalidad.

En cualquier caso, y retomando el hilo del título, deberíamos esforzarnos por buscar el justo medio, ese lugar donde se pueden (re)conciliar los principios de la escuela nueva, las necesidades sociales y la función plenamente educativa que compete a las escuelas infantiles. No incurrimos en la tentación de llamarlo sentido común por el sesgo individual y por lo condicionados que estamos por discursos en boga; sin embargo, si preguntamos en la calle a cualquier persona común, quizá nos encontremos con certeras respuestas que aludan a la esencia educativa: aprender a ser, a pensar, a hacer y a convivir; lo mismo que sentenciaron en su día expertos educativos de la UNESCO. Algo que, indiscutiblemente, debe ser enseñado; y evaluado puesto que si no hay aprendizajes, no hay enseñanza. Y aquí nos encontramos con las primeras diferencias de opinión que tienen que ver con cómo se aprende, cómo se enseña, qué es la escuela, cuál es la función de los docentes, qué es la corresponsabilidad educativa familias-escuela. Lo que se traduce en el día a día en cuestiones como: poner límites o no vulnerar el libre albedrío de los pequeños; enseñar a emplear estrategias cognitivas o esperar a que las infieran ellos mismos por procesos adivinatorios; despertar el deseo de leer, escribir, expresarse y dimensionar el mundo o creer que es a través del juego libre como se consolidarán espontáneamente esos conocimientos; abrir su mirada hacia lo que desconocen o explorar lo que ya saben; alinear las intenciones educativas de las familias con la escuela o las de la escuela con las familias. Son docenas de grandes diferencias las que afloran en las aulas de infantil, todas ellas justificadas con argumentos apropiados o inapropiados pero que discursivamente parecen válidos puesto que cuentan con el aval de teóricos en medios de comunicación, redes sociales, revistas, publicaciones, en la formación inicial y en la permanente. El divorcio entre la realidad y la utopía; entre el conocimiento contextual y el ingenio mercantilista.

Lo más valorado actualmente parecen ser esas escuelas con diseños nórdicos en las que los pequeños están abstraídos en espacios, rincones, ambientes, estaciones de aprendizaje, haciendo cada uno cosas diferentes por las que sienten la atracción momentánea. Se reniega de la necesaria rutina y sistematicidad; la actividad grupal como el canto, la escucha de un cuento o la asamblea está denostada. Cuando más libres parezcan esas horas escolares, cuanta menor intervención docente, cuanta más -mal llamada- autonomía, mejor y mayor calidad de atención a la infancia. Paradójicamente, finalizada la jornada escolar, muchos de esos pequeños asisten a extraescolares (idiomas, deportes, gabinetes de refuerzos…) en los que las normas, los límites las consignas o la disciplina son fundamentales. Es muy extraño que lo que no vale en la escuela, valga fuera de ella.

Llegado este punto, tal vez convendrían unas breves aclaraciones:

Lo que nosotras defendemos no es una escuela castrense, sino una en la que hay orden, serenidad, respeto en todas las direcciones, escucha, habla, relación y socialización; una escuela en la que el o la docente son los expertos en despertar el deseo de aprender y conocen las estrategias para que los pequeños crezcan con los aprendizajes que sus maestros saben más adecuados. Quizá se tilde de directiva, pero indudablemente, el docente es la figura adulta con preparación profesional para ejercer esa tarea y al que se le paga por realizarla con excelencia y rigurosidad; lo contrario, limitarse a observar sería, a todas luces, una dejación de funciones.

No desconocemos las grandes diferencias que puede haber entre escuelas sitas en contextos distintos; no es lo mismo una unidad rural con menos de diez alumnos, que el aula de un macrocentro de una periferia desfavorecida; como tampoco lo es una escuela alternativa o una elitista. Pero de lo que aquí hablamos es de las escuelas más comunes, aquellas a las que llegan a tope de ratio y a las que asisten pequeños cuyas familias delegan íntegramente en la escuela toda la responsabilidad educativa, bien porque no disponen de tiempo, porque confían en su profesionalidad o porque esperan que supla sus carencias.

Convendría también, hacernos conscientes de que la escuela del presente o la de los próximos años, no se parece en casi nada a la de finales del siglo pasado, por tanto, los referentes, los principios educativos, la metodología y la concreción curricular debe ser diferente. La sociedad, los contextos y las circunstancias de nuestro alumnado han dado un cambio abismal, además de estar totalmente influenciados por una virtualidad que en muchos casos nos hace dudar del orden clásico de los agentes educativos (familia, escuela, sociedad), colocando en un lugar preeminente a los productos audiovisuales que consumen. Y esto tiene unas consecuencias en la aptitud, la actitud y la habilidad de los pequeños que bien requerirá de una atención especial en las aulas. El estilo de vida con hábitos sedentarios y consumistas acarrea evidentes consecuencias en las destrezas orales, cognitivas, manipulativas y relacionales por tanto, deben ser contrarrestadas en la escuela, así como otros aspectos fundamentales tales como las funciones ejecutivas del cerebro, esto es, la atención, la memoria, organización, planificación, anticipación o autorregulación.

Por tanto, para concretar y en aras de ese anhelado justo medio que demandamos, ¿qué deseamos para la educación infantil del futuro más inmediato?

En primer lugar, y por pura concordancia, que la formación inicial del profesorado incida en lo mismo que debe transmitir a su alumnado: saber motivar para aprender, estrategias para sostener la atención de los pequeños, gran capacidad comunicativa y de observación; hábito de leer y escribir; cultura amplia y gusto por las artes. Una sólida formación profesional y humanística. Para ello, las facultades de formación deberían poner el foco en esas cuestiones, mostrando situaciones reales de intervención, evitando banalizar, idealizar o romantizar con buenismo o ingenuidad la responsabilidad educativa. Lamentablemente y a tenor de los ejemplos que se les muestran, -confundiendo el gusto por aprender con la diversión-, parece que se les prepara más para ser animadores que para guías de aprendizaje y modelos de estar en el mundo.

Nunca se valora debidamente cómo influyen los procesos de selección en la formación inicial. Quizá habría que dar paso a otro sistema diferente a esas oposiciones centradas en la memorización de un temario, de unas minucias legislativas y en la elaboración de unas unidades didácticas fantasiosas. Se debate sobre el MIR docente, un período en el que acompañados por mentores, deben aprender y poner en práctica esas necesarias habilidades para el ejercicio real de la docencia. Un largo e intenso período formativo puesto que, al igual que un médico que tendrá en sus manos las vidas de los pacientes, los maestros ayudarán a forjar el futuro de la sociedad, por tanto no es un asunto baladí para resolver por medio de unas pruebas que no permiten evaluar con rigor su aptitud, idoneidad, talante y competencia para el magisterio.

Así mismo, las mejoras que sugerimos para la formación inicial son transferibles a la permanente que debería dejarse de dar bandazos al ritmo de la última ocurrencia didáctica, tendencia comercial o ideológico-política y trazar un itinerario formativo progresivo que vaya refinando las competencias profesionales y adecuándolas a los nuevos retos escolares.

A la administración se le pedirían unas directrices claras, y unos currículos exentos de retoricismos. Una lectura profunda de los marcos curriculares desde el año 1990 pone en evidencia el incremento de grandilocuencia y la merma de operatividad, hasta el punto que a día de hoy, no hay quien sea capaz de programar una secuencia didáctica sin recurrir a una aplicación informática, con el agravante de que una vez finalizada, se tiene la certeza de que eso no será real. Se ha convertido en un trámite de salvaguarda que no ayuda a planificar ni evaluar el trabajo diario en función de las características del grupo; convirtiéndose por lo tanto en una burocracia solo válida para justificar ante instancias superiores pero no para mejorar la praxis.

Siguiendo a la búsqueda de ese anhelado equilibrio, consideramos que las escuelas deben recordar que su fin primordial es educar, por tanto, deberían someter a una revisión honesta las actividades, celebraciones y modos de mostrarse que las están llevando a parecerse más a centros de ocio y conciliación que a instituciones educativas. Si bien, la educación infantil siempre renegó de la función asistencial, subrepticiamente hoy prima sobre la educativa. Bien sabemos que en todo lo educativo hay una parte asistencial y viceversa, pero también debemos recordar que los maestros somos especialistas en educación no en la resolución de los problemas familiares o sociales. Y esto no quiere decir que no nos ocupemos de los aspectos que influyen en el crecimiento integral de cada niño o niña, pero quizá deben ser abordados por otros expertos.

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Imagen: Noticia tomada de https://www.quintanardelaorden.es/el-ceip-cristobal-colon-da-la-bienvenida-al-curso-escolar-con-una-tematica-circense publicada el 8/09/22, muestra de una tendencia en alza, confundiendo una cálida acogida con la entrada a un circo.

En cuanto a las familias, debemos incidir en que la educación de una niña o niño precisa de corresponsabilidad entre el hogar y la escuela, lo que nunca debe ser ni una intromisión ni una usurpación de funciones: ni los padres son maestros en la escuela ni los profesores debemos inmiscuirnos en la intimidad familiar; cada uno tiene sus responsabilidades que, salvo excepciones, merecen todo el respeto de la otra parte. Dicho esto, en este ámbito, creemos que se están produciendo esas polarizaciones de las que hablábamos al principio: escuelas en las que los padres no participan y otras en las que pretenden dirigir la acción escolar. Educación infantil es el primer tramo del sistema, por tanto es determinante cómo se entienda y se haga entender la corresponsabilidad. No somos colegas, no organizamos fiestas, no somos empleados al servicio familiar; somos expertos en didáctica. Y, pese a que, cuando llegan al centro siempre dicen que quieren que sus hijos sean felices, debemos hacerles ver que la felicidad auténtica no se alcanza en un parque de atracciones sino guiándolos para que se realicen con todas sus potencialidades y personalidad, lo que hay que ejercitar con constancia y planificación.

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Imágenes: Noticia tomada https://www.elperiodico.com/es/educacion/20260203/profesores-rechazo-participacion-excursiones-mal-comportamiento-alumnado-dv-126180384 el 3/02/26. Otra tendencia en auge que sucede cuando se confunden las salidas escolares, complemento didáctico, con excursiones a la búsqueda de la mayor originalidad y diversión.

Y los maestros, ¿a que debemos dedicar el tiempo educativo de los próximos años? Aunque casi todos los foros se centran en el diseño del aula o del patio, el método o las tendencias en boga deberíamos saber que nuestro trabajo consiste en ejercitar el pensamiento de nuestro alumnado, los valores humanos y la participación social. El neurocientífico cognitivo francés Stanislas Dehaene afirma que los cuatro pilares del aprendizaje con los que potenciar los talentos del cerebro son: la atención, el compromiso activo, el buen feedback y la consolidación, para lo que se necesita que un docente, con sistematicidad, planificación e intencionalidad, sepa despertar en su alumnado el interés hacia lo interesante aunque parezca aburrido, o haciéndole desear lo deseable aunque no siempre sea tan divertido. Es ahí donde entran en juego la estrategia y talento docente. Y esta senda debe ser iniciada ya desde la edad infantil, sin confundirlos ni llevarlos a equívocos que no se corresponden con el modelo de persona que aporta valores positivos a la sociedad del futuro.

Somos conscientes de que en un texto tan breve no se pueden condensar todos los aspectos educativos y escolares que merecen una revisión y el establecimiento de nuevas directrices para así poder encarar el futuro. Nosotras aquí no hicimos más que apuntar para el debate aquellos sobre los que en este momento hay mayor confusión para lo que acompañamos de capturas de pantalla de noticias que circulan por las redes sociales y que vienen a ilustrar lo que percibimos.

Comenzábamos con una cita de Aristóteles de la que tomábamos la expresión del justo medio y a él volvemos a recurrir para cerrar. Hace más de dos mil años decía este filósofo griego que el pensamiento condiciona la acción, la acción repetida crea hábitos, los hábitos estructuran el carácter y el carácter determina el destino. Si tuviéramos esta verdad presente y en base a ella analizáramos esas acciones siendo conscientes de que podrán marcar el destino de nuestro alumnado, quizá no tendríamos tantas dudas y polarizaciones.

Referencias

Abelleira, A. y Abelleira, I, (2023) Docentes de infantil: luthiers del futuro. Barcelona: Galaxia

Dehanae, S. (2019) ¿Cómo aprendemos? Los cuatro pilares con los que la educación puede potenciar los talentos de nuestro cerebro. Madrid: Siglo XXI editores

Marina, J.A. (2017) El bosque pedagógico: y cómo salir de él. Barcelona: Planeta