Revista sobre educación y liderazgo educativo DYLE Nº 29

DYLE Nº 29

Monográfico

El juego como base del desarrollo, la identidad y la autonomía infantil

Alejandro Serra García

Ana Mata Domínguez

Pablo Busó Alós

Introducción

El juego es una herramienta esencial para el desarrollo infantil, ya que promueve aprendizajes significativos en diversas áreas como la cognitiva, emocional y social. En este contexto, el Instituto Tecnológico del Producto Infantil y del Ocio (AIJU) ha destacado la importancia de preservar el juego y el juguete como elementos clave en el desarrollo infantil, realizando investigaciones que monitorizan el tiempo de juego y la interacción con dispositivos digitales. Según la última Guía AIJU (AIJU, 2025) más del 90% de los niños y niñas entrevistados pasan frente a las pantallas más tiempo del recomendado por los expertos/as, lo que está relacionado con problemas de salud como trastornos del sueño, obesidad, ansiedad, estrés, depresión y fatiga visual, entre otros. Este artículo tiene como objetivo resaltar la relevancia del juego en el desarrollo infantil y dotar del tiempo y espacios necesarios en los entornos educativos y sociales para garantizar el bienestar integral de los niños y niñas.

El juego como base del desarrollo, la identidad y la autonomía infantil

El juego representa una pieza clave en el desarrollo infantil, ya que ofrece oportunidades para explorar el mundo, poner en práctica capacidades y construir conocimiento de manera activa. La investigación ha demostrado que favorece el desarrollo cognitivo, motor y socioemocional, y que funciona además como un espacio central para la construcción de la identidad personal y el desarrollo progresivo de la autonomía.

En el plano cognitivo, tanto el juego simbólico como los juegos de construcción estimulan la creatividad, el razonamiento y la resolución de problemas. Lillard et al. (2013) evidencian que el juego de roles potencia la representación mental de situaciones ficticias y la flexibilidad cognitiva. Jirout & Newcombe (2015) muestran que el uso de bloques fortalece habilidades espaciales y de planificación, mientras que Weisberg et al. (2016) destacan que el juego guiado facilita la comprensión profunda de conceptos al apoyarse en la curiosidad.

El juego motor contribuye al desarrollo físico y a la coordinación general. Actividades como correr, saltar o trepar están vinculadas al desarrollo de habilidades motrices fundamentales (Pellegrini & Smith, 1998). A su vez, tareas manipulativas como encajar o dibujar fomentan la motricidad fina y la coordinación óculo-manual, esenciales para funciones posteriores como la escritura.

El juego también impulsa el desarrollo socioemocional. Las interacciones lúdicas permiten aprender a compartir, negociar y comprender otras perspectivas. Richard et al. (2023) subrayan que el juego simbólico favorece la empatía y la comprensión emocional al permitir que los niños y niñas exploren distintos puntos de vista y gestionen emociones en un entorno seguro.

Aprendizaje basado en juegos en el aula

La importancia del juego en el desarrollo integral, la construcción de la identidad y la adquisición progresiva de autonomía se traslada también al ámbito escolar, donde numerosos enfoques pedagógicos han incorporado sus principios para enriquecer los procesos de enseñanza y aprendizaje. En este contexto, el aprendizaje basado en juegos (ABJ) surge como una metodología que aprovecha las mismas dinámicas que hacen del juego una herramienta tan poderosa en la infancia —exploración, reto, motivación intrínseca, toma de decisiones— para fomentar aprendizajes más significativos en el aula.

Desde esta perspectiva, el ABJ no se entiende como un elemento aislado ni como un añadido lúdico puntual, sino como una continuación natural del modo en que los niños y niñas aprenden en contextos informales. De hecho, la literatura ha demostrado que los juegos educativos favorecen la motivación y el compromiso porque mantienen las características de agencia, desafío y participación activa que los niños y niñas experimentan en los juegos espontáneos (Hamari et al., 2016).

Además de reforzar la motivación, el ABJ promueve el desarrollo de competencias sociales y emocionales que están presentes en el juego libre: cooperación, regulación emocional, respeto de normas compartidas y resolución de conflictos. Clark et al. (2016) mostraron que los entornos lúdicos —especialmente aquellos que requieren colaboración o toma conjunta de decisiones— fomentan habilidades sociales que resultan esenciales para la convivencia en el aula.

Finalmente, uno de los elementos que mejor conecta el ABJ con la naturaleza del juego infantil es su capacidad de adaptarse a las necesidades individuales de cada estudiante. Al igual que el juego libre permite que cada niño explore a su ritmo y según sus intereses, los juegos educativos pueden ajustarse en dificultad, ofrecer retroalimentación inmediata y contemplar distintos estilos de aprendizaje, lo que contribuye a una enseñanza más inclusiva y sensible a la diversidad del aula (Plass et al., 2016). De este modo, el ABJ no solo complementa la función del juego en el desarrollo infantil, sino que la prolonga y potencia en un entorno más estructurado.

El juego como experiencia protectora, social y equitativa

Más allá de su impacto en el aprendizaje y en el desarrollo de competencias cognitivas y sociales, el juego cumple también una función protectora y compensadora dentro de la infancia. Mientras que las dinámicas lúdicas fomentan la creatividad, la interacción cara a cara y el bienestar emocional, otros entornos —como la sobreexposición a pantallas o las situaciones de desigualdad— pueden limitar estas oportunidades. Por ello, comprender el papel del juego en la escuela y en la vida cotidiana implica reconocer no solo su valor educativo, sino también su capacidad para equilibrar riesgos actuales y favorecer entornos más saludables, inclusivos y equitativos para todos los niños y niñas.

1. El juego como antídoto frente a la sobreexposición a pantallas

El uso elevado de pantallas en la infancia se asocia con dificultades de autorregulación, menor interacción social y alteraciones del bienestar emocional (Twenge & Campbell, 2018). Además, estudios recientes señalan que una exposición prolongada puede afectar la calidad del sueño, reducir la actividad física diaria y disminuir las oportunidades de interacción cara a cara, elementos clave para el desarrollo socioemocional temprano (Radesky et al., 2015). Frente a estas tendencias, el juego tradicional —particularmente el juego físico, simbólico y social— actúa como un factor protector que contrarresta los efectos del uso excesivo de dispositivos digitales. Connolly et al. (2012) destacan que las actividades lúdicas no digitales generan aprendizajes más profundos, ya que implican interacción real, resolución de problemas y creatividad. Asimismo, las experiencias de juego libre permiten a los niños y niñas poner en práctica habilidades que las pantallas no fomentan del mismo modo, como la imaginación, la negociación, el uso funcional del cuerpo y la exploración del entorno físico. Estas dinámicas contribuyen a mantener un desarrollo equilibrado y proporcionan espacios de desconexión que favorecen el bienestar emocional.

Figura 1. Niñas jugando en la escuela

2. El juego como herramienta inclusiva y de igualdad

El juego también constituye un contexto privilegiado para promover la inclusión, la igualdad y el respeto por la diversidad. Entornos de juego inclusivos permiten que niños y niñas con diferentes experiencias culturales, capacidades y necesidades participen en igualdad de condiciones, lo que favorece su sentido de pertenencia. Borisova et al. (2019) y Fleer (2021) destaca que los espacios lúdicos inclusivos ayudan a combatir estereotipos y fortalecen la cohesión social desde edades tempranas, ya que el juego facilita interacciones naturales entre niños y niñas que, de otro modo, quizás no compartirían experiencias.

El juego simbólico, en particular, contribuye a la comprensión de la diversidad y al desarrollo de la empatía. Smits-van der Nat et al. (2024) señala que, al adoptar diferentes roles y perspectivas, los niños y niñas exploran realidades distintas a las propias y aprenden a interpretar emociones, necesidades y situaciones sociales variadas.

Figura 2. Ejemplo de colección de muñecas inclusivas

Conclusión

El juego se revela como una herramienta esencial para el desarrollo infantil, capaz de integrar crecimiento cognitivo, físico, emocional y social en una misma experiencia significativa. Su presencia en la vida cotidiana y en el ámbito escolar no solo impulsa el aprendizaje y la autonomía, sino que actúa como un marco que favorece la inclusión, la equidad y el bienestar. Frente a desafíos contemporáneos como la sobreexposición a pantallas o la desigualdad en el acceso a experiencias enriquecedoras, el juego emerge como un recurso protector que equilibra riesgos y amplía oportunidades. Reconocer su valor y garantizar espacios y tiempos de juego es, por tanto, una necesidad educativa, social y ética.

Referencias bibliográficas

AIJU. (2025). Guía AIJU 2025-2026: Juguetes y juegos para el desarrollo infantil (35ª ed.). Instituto Tecnológico del Producto Infantil y del Ocio. https://www.guiaaiju.com/

Borisova, I., Prouty, R., Lin, H. C., Kelly, D., Strecker, M., & Le Mottee, S. (2019). A World Ready to Learn: Prioritizing Quality Early Childhood Education. Global Report. UNICEF. 3 United Nations Plaza, New York, NY 10017.

Clark, D. B., Tanner-Smith, E. E., & Killingsworth, S. S. (2016). Digital Games, Design, and Learning: A Systematic Review and Meta-Analysis. Review of educational research, 86(1), 79–122. https://doi.org/10.3102/0034654315582065

Connolly, T. M., Boyle, E. A., MacArthur, E., Hainey, T., & Boyle, J. M. (2012). A systematic literature review of empirical evidence on computer games and serious games. Computers & education, 59(2), 661-686.

Fleer, M. (2021). Play in the early years. Cambridge University Press.

Hamari, J., Shernoff, D. J., Rowe, E., Coller, B., Asbell-Clarke, J., & Edwards, T. (2016). Challenging games help students learn: An empirical study on engagement, flow and immersion in game-based learning. Computers in human behavior, 54, 170-179.

Jirout, J. J., & Newcombe, N. S. (2015). Building blocks for developing spatial skills: evidence from a large, representative U.S. sample. Psychological science, 26(3), 302–310. https://doi.org/10.1177/0956797614563338

Lillard, A. S., Lerner, M. D., Hopkins, E. J., Dore, R. A., Smith, E. D., & Palmquist, C. M. (2013). The impact of pretend play on children’s development: a review of the evidence. Psychological bulletin, 139(1), 1–34. https://doi.org/10.1037/a0029321

Pellegrini, A. D., & Smith, P. K. (1998). Physical activity play: the nature and function of a neglected aspect of playing. Child development, 69(3), 577–598.

Plass, J. L., Homer, B. D., & Kinzer, C. K. (2015). Foundations of Game-Based Learning. Educational Psychologist, 50(4), 258–283. https://doi.org/10.1080/00461520.2015.1122533

Radesky, J. S., Schumacher, J., & Zuckerman, B. (2015). Mobile and interactive media use by young children: the good, the bad, and the unknown. Pediatrics, 135(1), 1–3. https://doi.org/10.1542/peds.2014-2251

Richard, S., Clerc-Georgy, A., & Gentaz, E. (2023). Pretend play-based training improves some socio-emotional competences in 5–6-year-old children: A large-scale study assessing implementation. Acta Psychologica, 238, 103961.

Smits-van der Nat, M., van der Wilt, F., Meeter, M., & van der Veen, C. (2024). The value of pretend play for social competence in early childhood: A meta-analysis. Educational Psychology Review, 36(2), 46.

Twenge, J. M., & Campbell, W. K. (2018). Associations between screen time and lower psychological well-being among children and adolescents: Evidence from a population-based study. Preventive medicine reports, 12, 271-283.

Weisberg, D. S., Hirsh-Pasek, K., Golinkoff, R. M., Kittredge, A. K., & Klahr, D. (2016). Guided Play: Principles and Practices: Principles and Practices. Current Directions in Psychological Science, 25(3), 177-182. https://doi.org/10.1177/0963721416645512