DYLE Nº 29

Uso de pantallas en la infancia de 2Ae implicación parental.
Mónica Gomáriz-Martínez
Maestra en Educación Infantil. Máster en Investigación e Innovación Educativa. Facultad de Educación. Universidad de Castilla-La Mancha
Pedro Gil-Madrona
Profesor Titular de Universidad. Facultad de Educación. Universidad de Castilla-La Mancha
Luisa Losada-Puente
Profesora Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidade da Coruña
El uso de pantallas en la primera infancia se ha convertido en un tema de debate cada vez más presente en la esfera política, educativa, social y científica, por sus implicaciones sobre el desarrollo infantil, la educación y la salud pública. Teléfonos móviles, tablets, televisores y otros dispositivos digitales forman parte del entorno cotidiano de muchos niños y niñas incluso antes de comenzar su escolaridad. La presencia de pantallas en los espacios públicos y privados no es una cuestión a debate: sabemos que están y que incluso en ocasiones, de forma inevitable, exponemos a la infancia a ellas en el supermercado, en carteles publicitarios o pantallas en espacios públicos (¡incluida la consulta de pediatría!), en los ascensores… lo que sí es objeto de discusión es cómo estos medios digitales influyen en el desarrollo infantil y cuál es el papel que desempeñan las familias en esta relación.
La rápida expansión de los dispositivos móviles, el acceso generalizado a los contenidos digitales y la integración en la vida cotidiana han transformado de forma profunda los entornos de socialización temprana generando, al mismo tiempo, nuevas oportunidades y nuevas inquietudes. El discurso social al respecto tiende a polarizarse. Por un lado, se encuentran quienes sostienen que el uso de las pantallas tiene un impacto altamente perjudicial sobre el desarrollo global infantil y reclaman la retirada completa de los dispositivos de las manos de los/las niños/as, apelando a la importancia de proteger el juego libre y alejado de dispositivos digitales, la interacción directa con adultos/as y entre iguales y el movimiento. Por el otro lado, defensores de su uso señalan que en, la era digital, no podemos obviar la existencia de estas herramientas que, bajo un uso adecuado, educativo y supervisado, pueden generar beneficios para la infancia a nivel de aprendizaje y alfabetización digital.
Las primeras etapas del desarrollo infantil son especialmente sensibles a la calidad de las interacciones y a las oportunidades de exploración activa del entorno. Las pantallas pueden operar como sustituto de experiencias interactivas y corporales, o bien como apoyo educativo cuando se emplean de forma guiada y coherente con las necesidades evolutivas del niño o la niña. Sin embargo, organismos internacionales como la Asociación Americana de Pediatría (AAP), en 2016, o la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2020, fueron claros a este respecto: el consumo de medios digitales tiene un impacto negativo sobre la salud infantil, por lo que los niños y niñas no deben utilizar dispositivos digitales antes de los 2 años, y un máximo de 1 hora al día entre los 2 y los 5 años. Incluso, en 2024, la Asociación Española de Pediatría (AEP) amplía este rango sugiriendo evitar su uso hasta los 6 años, excepto que sea contacto social bajo supervisión de adultos/as. Sin embargo, estas recomendaciones están siendo sistemáticamente ignoradas y, de hecho, las propias organizaciones, conocedoras de ello, señalan que, en caso de no evitar su uso, se debe dar prioridad al consumo de contenidos de alta calidad y supervisado por adultos/as, para promover el aprendizaje. La propia AAP, en 2026, ha renovado sus recomendaciones pasando de definir límites a plantear pautas relacionadas con una comprensión más amplia del uso de medios digitales de los niños dentro de los ecosistemas digitales, enfatizando la calidad del contenido, el contexto y la participación conjunta de los adultos en lugar de umbrales de tiempo fijos.
A la luz de estas nuevas recomendaciones, cabe preguntarse a qué se debe este cambio en las recomendaciones: ¿se han encontrado nuevos beneficios en el uso de medios digitales en la infancia? ¿se ha reconocido la dificultad para lograr que la infancia consuma estos medios? Parece que, cuando originalmente, la AAP hizo sus recomendaciones la presencia de medios digitales y de plataformas de video bajo demanda en la primera infancia era menor que la que tenemos hoy en día. Por tanto, este giro no parece deberse a que se hayan encontrado beneficios nuevos de so uso, sino que lo que se ha encontrado es un cambio en la forma de utilización de estos: una exposición a medios digitales más estructural y menos excepcional o puntual, un bajo grado de cumplimiento de las recomendaciones, y un entorno digital de mayor complejidad en el que el número de horas es solo un dato más frente a aspectos como el tipo de consumo y la forma de consumo (en solitario o acompañado, diario o nocturno, educativo o pasivo, etc.).
Puede que estos organismos hayan asumido que la exposición es prácticamente inevitable en el contexto familiar, por lo que resulta más efectivo orientar que prohibir. Muestra de ello son informes más recientes que señalan un elevado uso de dispositivos en la infancia y en la adolescencia de forma diaria. Por ejemplo, en 2020 el Estudio Internacional sobre el Aprendizaje Temprano y el Bienestar Infantil de la OCDE señaló que el 83% de los niños de 5 años en Inglaterra, Estonia y Estados Unidos usaban un dispositivo digital al menos una vez por semana, y de ellos, un 42% lo hacía a diario. Un año después, en 2021 el estudio realizado por UNICEF bajo el título de Impacto de la tecnología en la adolescencia: Relaciones, riesgos y oportunidades reveló que la edad media de acceso al primer teléfono móvil es de 10.96 años. En Francia, el estudio de Benyamina y Mouton (2024) señaló un promedio diario de uso en niños de 7 a 12 años de 2 horas y 3 minutos, cifra que aumenta considerablemente en la adolescencia.
La reflexión (con vistas a un futuro no demasiado lejano) que suscitan estas nuevas recomendaciones es si la sustitución de límites temporales explícitos por orientaciones más cualitativa generar una mayor permisividad con relación al uso de dispositivos digitales en la infancia. Si bien el nuevo enfoque apuesta por atender a la calidad de los contenidos, el contexto y la mediación adulta, ¿puede esta reformulación diluir el mensaje preventivo que tradicionalmente acompañaba estas recomendaciones indicando el riesgo de exponer a la infancia a pantallas antes de cierta edad? ¿podría dar lugar a discurso de “por una vez, no pasa nada” o “ni siquiera las organizaciones internacionales se oponen a ello”? Más allá de esta preocupación político-normativa, quizás la cuestión clave está, no en si las pantallas son “buenas o malas” sino en evidenciar cómo y en qué condiciones el uso de las pantallas puede generar consecuencias negativas sobre el desarrollo infantil y, más aún, en qué medida las familias tienen un papel mediador en este uso y en los efectos que deriven de ello. Una revisión sistemática de la literatura científica de los últimos cinco años (2020-2025) nos ha permitido aportar algo de claridad a este respecto y reconocer éste como un problema y una preocupación a nivel global.
El análisis de 18 artículos científicos de países de Asia (China, India, Tailandia y Turquía), Europa (Alemania, Dinamarca, Finlandia, Hungría, Portugal), América (Canadá, Brasil y Estados Unidos) y Oceanía (Australia y Nueva Zelanda) ha evidenciado la existencia de asociaciones consistentes entre uso excesivo de pantallas y resultados menos favorables en varias áreas del desarrollo, especialmente la socioemocional, la del lenguaje y la cognitiva:
Desarrollo socioemocional: se ha encontrado que un uso excesivo de pantallas en edades tempranas se asocia con mayores dificultades en autorregulación emocional, mayor impulsividad, baja tolerancia a la frustración e incremento de conductas agresivas y ansiedad. Además, la literatura señala que el uso de dispositivos como estrategia habitual para calmar o distraer puede interferir en el aprendizaje progresivo de la regulación emocional, al limitar oportunidades para practicar estrategias internas de afrontamiento y reducir la calidad de las interacciones sociales necesarias para su desarrollo. Este uso puede reforzar asociaciones entre malestar emocional y gratificación inmediata, dificultando la construcción de mecanismos de autorregulación más autónomos.
Desarrollo cognitivo: una exposición elevada a pantallas se relaciona con un peor funcionamiento de habilidades ejecutivas como la atención sostenida, la memoria de trabajo o el control de impulsos. Sin embargo, esta relación no siempre es directa. En algunos casos, se ha sugerido que el mayor uso de pantallas podría ser una respuesta de las familias ante dificultades previas del niño, más que la causa de dichas dificultades. Además, el impacto varía según la edad, el tipo de uso y el propósito del uso de la pantalla, siendo especialmente relevante la diferencia entre un consumo pasivo de contenidos y un uso más interactivo. Por lo tanto, el contenido educativo puede aportar beneficios puntuales, pero solo cuando se respetan límites claros y no sustituye otras experiencias fundamentales de aprendizaje como son el juego activo, la exploración y la interacción directa.
Desarrollo del lenguaje: una exposición diaria elevada a pantallas (superior a una hora) se asocia con peores resultados en comprensión, expresión y vocabulario. Esta relación parece deberse, en gran parte, a que el tiempo frente a la pantalla reduce las oportunidades de interacción verbal con adultos/as y con iguales, que son esenciales para el desarrollo lingüístico en la primera infancia. No obstante, la literatura sugiere que el problema no se encuentra únicamente en la presencia de la pantalla, sino en su carácter sustitutivo de la conversación y la lectura compartida. Frente a ello, se ha encontrado que el uso de contenidos educativos de calidad, acompañado por adultos/as y dentro de límites de tiempo moderados, puede apoyar el aprendizaje del lenguaje, especialmente cuando se integra con prácticas como la lectura compartida y el diálogo sobre lo visualizado.
Desarrollo físico y motor: la investigación es todavía limitada y ofrece resultados menos claros. Algunos estudios sugieren que un mayor uso de pantallas se asocia con un menor desarrollo de la motricidad gruesa, probablemente por el aumento del sedentarismo y la reducción de oportunidades para el juego activo. Otros trabajos, en cambio, señalan posibles beneficios en la motricidad fina vinculados al uso de dispositivos táctiles, lo que podría estar relacionado con la práctica de gestos manuales transferibles a otros aprendizajes. Lo que sí aparece con mayor frecuencia es la relación entre el uso excesivo de pantallas y problemas de sueño, lo que sugiere que la alteración del descanso podría constituir una vía indirecta mediante la cual la exposición digital influye en otras dimensiones del desarrollo, incluida la físico-motora y también la cognitiva.
Un hallazgo clave de la revisión realizada es el papel central de la familia. El tiempo que un niño/a pasa expuesto a una pantalla ocurre, mayoritariamente, en el contexto familiar. En dicho contexto se introducen variables como las rutinas y normas, los estilos de crianza, el clima emocional o la disponibilidad de alternativas de ocio que podrían potenciar o inhibir el uso de dispositivos por parte de la infancia y repercutir sobre su desarrollo. La forma en que las personas adultas (especialmente, padres y madres) gestionan el uso de pantallas influye de manera decisiva en sus efectos sobre el desarrollo infantil. Aspectos como la supervisión activa, el acompañamiento y la interacción durante el uso pueden reducir los riesgos asociados, mientras que el uso de pantallas sin mediación o como herramienta para regular el comportamiento infantil tiende a incrementar los efectos negativos. Además, los hábitos digitales de las propias personas adultas actúan como modelo: cuando los/las cuidadores/as usan mucho las pantallas, los/las niños/as tienden a hacerlo también. Estas dinámicas se intensifican en contextos de estrés parental o malestar emocional, donde las pantallas pueden convertirse en un recurso frecuente para manejar situaciones difíciles.
Todo ello invita a considerar la necesidad de adoptar una perspectiva crítica sobre el uso de pantallas, dadas sus implicaciones para el desarrollo cognitivo, del lenguaje, físico y motor, y socioemocional de la infancia. Aunque la evidencia nos indica que hay factores protectores para el desarrollo infantil, como el consumo de contenido educativo de alta calidad y las prácticas parentales de co-visualización y lectura compartida, sus efectos no parecen ser lo suficientemente fuertes para contrarrestar la evidencia que respalda la necesidad de limitar el tiempo frente a pantallas y promover prácticas parentales de mediación activa. De ahí que, retomando las reflexiones iniciales, se podría decir que la reformulación reciente de las recomendaciones internacionales (especialmente, de la AAP en 2026) no debería interpretarse como una flexibilización del criterio preventivo, sino como una invitación a comprender el fenómeno en su complejidad sin renunciar a la necesidad de establecer límites claros.
Las familias desempeñan un papel clave en la gestión y moderación del uso de dispositivos por parte de los/las niños/as, actuando tanto como un factor protector como un factor de riesgo según las prácticas que adopten. El modelado parental, la supervisión activa, el bienestar mental de las personas cuidadoras, junto con la calidad del vínculo afectivo se asocian con un desarrollo infantil más favorable y con la moderación de los efectos adversos del uso excesivo de pantallas. Por todo ello, y aunque la prioridad debe ser evitar o limitar al máximo la exposición a pantallas en edades tempranas, la realidad social muestra que el uso de dispositivos forma parte del entorno cotidiano de muchas familias. Por ello, cuando su presencial no se pueda (o desee) evitar, se sugiere establecer normas claras y acompañara la infancia durante el uso de medios digitales; considerar el bienestar familiar como un elemento clave para prevenir el uso problemático de pantallas en la infancia; promover hábitos digitales conscientes, saludables y consistentes entre las personas adultas; y, sobre todo, fortalecer las interacciones padre/madre-hijo/a de calidad y ajeladas del uso de pantallas. Junto con las familias, los/las educadores/as deberían desarrollar una conciencia crítica tanto sobre los beneficios como los riesgos asociados a las pantallas y al uso excesivo de la tecnología y compartir sus preocupaciones y los recursos a su disposición con las familias.
En suma, los esfuerzos educativos deben dirigirse hacia la promoción de una competencia digital saludable desde las primeras edades, al tiempo que se fortalece el vínculo afectivo mediante actividades compartidas que no dependan exclusivamente de la tecnología. Solo mediante una implicación activa y coherente del entorno adulto será posible garantizar un desarrollo holístico adecuado y una relación sana con las tecnologías digitales.
Referencias bibliográficas
American Academy of Pediatrics (2016). Media and Young Minds. Pediatrics, 138(5), e20162591. https://doi.org/10.1542/peds.2016-2591
American Academy of Pediatrics (2026). Digital Ecosystems, Children, and Adolescents: Policy Statement. Pediatrics, 152(2), e2025075320. https://doi.org/10.1542/peds.2025-075320
Asociación Española de Pediatría. (2024). La AEP actualiza sus recomendaciones sobre el uso de pantallas en la infancia y adolescencia en base a la nueva evidencia científica. https://www.aeped.es/sites/default/files/20241205_ndp_aep_actualizacion_plan_digital_familiar_def.pdf
Benyamina, A., & Mouton, S. (2024). Enfants et écrans: À la recherche du temps perdu. Rapport de la commission d’experts sur l’impact de l’exposition des jeunes aux écrans. https://www.elysee.fr/admin/upload/default/0001/16/fbec6abe9d9cc1bff3043d87b9f7951e62779b09.pdf
Organización Mundial de la Salud (2020). Estrategia Mundial sobre salud digital 2020-2025. https://www.who.int/es/publications/i/item/9789240020924
Para consultar las referencias empleadas en la revisión sistemática, siga este enlace: https://acortar.link/8XGJhl
