DYLE Nº 30

Cuando los datos hablan de emociones: una lectura necesaria del informe SSES-2023 y de lo que vemos cada día en las aulas
Secretario del FEAE Asturias
Empecemos por lo obvio: las emociones ya estaban aquí antes del informe
A veces parece que hemos descubierto la relación entre emociones y aprendizaje ayer por la tarde. Como si antes del SSES-2023 el alumnado fuese un conjunto de cerebros ordenados en filas esperando a que el docente vertiera conocimiento puro y destilado. Algo parecido sugiere la lectura del artículo de Arturo Pérez Collera aparecido en el último número de DYLE (nº 27): SSES 2023. Estudio sobre las competencias sociales y emocionales (I). El informe no revela un mundo nuevo, sino uno que llevamos mucho tiempo sin querer mirar de frente. El mérito de su análisis está en recordarnos que el problema no es la falta de datos, sino la persistencia de una cultura educativa empeñada en separar lo inseparable.
Las emociones entran en el aula cada mañana, sin pedir permiso, con mochilas que no caben en el casillero: ansiedad, ira, euforia, frustración, desgana, miedo. Y es justamente ese paisaje el que el informe SSES-2023 viene a confirmar con datos: las competencias socioemocionales: autorregulación, perseverancia, apertura, curiosidad; predicen el rendimiento académico, el bienestar y hasta las expectativas de futuro. Goleman ya lo avanzó en los 90; Gardner cuestionó antes la tiranía del CI; Immordino-Yang y Damasio explicaron que emoción y cognición funcionan en red, no en competencia.
Y aquí conviene recordar otra idea elemental: hay aprendizajes que simplemente no sobreviven a un terremoto emocional. Pretender que un alumno recite a Machado durante un seísmo de 8,2 (emocional o literal) es posible, pero pedagógicamente improbable. Todo ello en un sistema que vive obsesionado por transmitirlo todo, como si la calidad de un curso pudiera medirse por la cantidad en gramos de los saberes volcados, aunque nadie lo procese ni lo necesite. Una ansiedad colectiva por darlo todo que acaba siendo lo contrario de enseñar. Así que sí: que el alumnado aprende mejor cuando emocionalmente puede sostenerse no es una revelación; es una evidencia incómoda que llevamos años evitando.
La ficción educativa preferida: “primero los contenidos, luego ya veremos las emociones”
Sigue habiendo quien defiende que trabajar las emociones quita tiempo al temario, como si el alumnado fuera un recipiente neutro donde verter saberes. El problema es que esa visión ya no la sostiene ni la investigación ni la experiencia cotidiana. Vygotsky explicaba hace casi un siglo, repito, hace casi un siglo, que lo afectivo y lo cognitivo no funcionan por turnos. Eisenberg mostró que la regulación emocional influye en memoria, atención y desempeño.
Educar emocionalmente no es hacer manualidades con frases motivadoras: es enseñar a manejar la frustración, a convivir sin incendiar la clase, a detectar mensajes manipuladores, a sostener el esfuerzo y a tomar decisiones sin que la emoción del momento secuestre la razón. Si esto no es académico, que venga alguien a explicarlo.
Y, sobre todo, exige algo que rara vez se dice en voz alta: formación docente. Nadie nace sabiendo acompañar emocionalmente a un grupo de 25 adolescentes, ni gestionando estallidos de ansiedad, ni leyendo señales de malestar. Enseñar emocionalmente es una competencia profesional que se aprende, no una intuición pedagógica que aparece por arte de magia.
El currículo inflamado: nuestro deporte nacional
España tiene una relación afectiva con los currículos obesos. Cuanto más largos, más serios. Cuantos más contenidos, más nivel. Así hemos convertido el currículo en una especie de enciclopedia andante. Antes un área podía tener un libro o no; ahora las hay que tienen tres por curso (uno por trimestre). Incluso Educación Física tiene sus manuales teóricos, por si alguien decide que correr sin haber leído la unidad 3 es de una irresponsabilidad pedagógica imperdonable.
Mientras tanto, países que admiramos cuando nos conviene y con currículos más livianos: Finlandia, Estonia, Canadá; obtienen buenos resultados sin necesidad de saturarlo todo. Sahlberg lo llamó “menos es más”. Aquí seguimos en “más es más” aunque no funcione. Lo que suele olvidarse es que el aprendizaje real exige tiempo, sentido y profundidad. Y nada de eso sobrevive a un currículo que corre más que quien intenta enseñarlo.
Salud mental infanto-juvenil: el elefante en el aula
Mientras discutimos si las emociones deben ocupar diez o quince minutos del horario, la psicología lleva tiempo alertando de algo mucho más serio: la salud mental de niños y adolescentes no atraviesa su mejor momento. Los trabajos de Susana Al-Halabí y su equipo (Universidad de Oviedo) lo han demostrado con claridad: aumento de ansiedad, más sintomatología depresiva, mayor vulnerabilidad y, en casos extremos, riesgo suicida.
Todo esto ocurre dentro de los centros, no fuera. No hay barreras entre la vida emocional del alumnado y la escuela. Y, por sorprendente que parezca, un alumno con ideas autolesivas no mejora su estado leyendo un tema más del libro de Sociales. Si la escuela es parte de la vida, también es parte del cuidado. Negarlo es ingenuidad o cobardía.
Pensar críticamente: cuando la emoción manda más que la razón
Kahneman diferencia entre pensamiento rápido (emocional, impulsivo) y pensamiento lento (analítico). La educación debe entrenar ambos, pero parece que entrenamos poco. Y si alguien todavía duda de la importancia de educar pensamiento crítico, solo tiene que mirar cómo sociedades enteras pueden dejarse seducir por discursos de cuatro palabras o siglas como MAGA, siempre en mayúsculas porque lo simbólico importa más que el argumento. La emoción manda. La razón llega tarde. La escuela no puede permitirse ignorarlo.
La vida real del aula: donde todo esto se decide
La teoría está muy bien, pero los docentes vivimos otra cosa: alumnado que llega con ansiedad, con duelo, con problemas familiares, con explosiones emocionales, con apatía profunda. Y aun así se espera que estén en clase como si nada. Acompañar emocionalmente no es buena voluntad: es competencia profesional. Requiere formación, tiempo, sensibilidad y un sistema que no atropelle cada intento con otro capítulo del temario.
Conclusión: si queremos excelencia, primero necesitamos bienestar
El SSES-2023 no trae una novedad; trae una advertencia: si el alumnado no está emocionalmente disponible para aprender, no aprenderá. Por mucho contenido que le pongamos delante.
La educación emocional no es una moda, ni un adorno, ni un capricho pedagógico. Es un pilar. Y la ironía es que llevamos décadas tratando este pilar como algo secundario mientras exigimos resultados de primer nivel. Si queremos excelencia, empecemos por lo básico: que el alumnado esté bien. Todo lo demás es ruido.

Bibliografía
Eisenberg, N. (2000). Emoción, regulación y desarrollo moral. Revista Anual de Psicología.
Immordino-Yang, M., & Damasio, A. (2007). Sentimos, luego aprendemos. Mente, Cerebro y Educación.
Kahneman, D. (2011). Pensando, rápido y lento. FSG.
OECD (2023). Estudio sobre habilidades sociales y emocionales.
Pérez Collera, A. (2025). SSES 2023. Estudio sobre las competencias sociales y emocionales (I). Revista DYLE – Dirección y Liderazgo Educativo (nº 27).
VVAA [Al-Halabí, S.] (2023). Profesionales de la psicología en contextos educativos: una necesidad ineludible. Papeles del Psicólogo, 44. Revista del Consejo General de la Psicología de España.
